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El cielo azul es mi primera obra de arte, afirmó un joven Klein, un día de verano, acompañado de dos amigos en una playa de Niza. Este artista (1928-1962) es, para muchos especialistas, el último gran artista francés de renombre internacional, quien definió el curso del arte occidental de nuestro tiempo. Y lo hizo gracias a su compromiso con el poder espiritualmente edificante del color: dorado, rosa, pero sobre todo azul. De hecho, su devoción cromática era tan profunda que en 1960 patentó un color de su invención, que llamó International Klein Blue (azul Klein internacional).

Nacido en 1928, hijo de padres artistas siempre mostró una tendencia por el esoterismo y la grandiosidad de la magia y los rituales medievales, cuya influencia posterior se hizo patente a lo largo de su trabajo. Apasionado por el judo (durante un año y medio lo estuvo aprendiendo en Japón, en la cuna de este arte marcial) y las actividades físicas como el baile y las grandes caminatas, siempre mostró un gran talento por alcanzar la espectacularidad y la radicalidad en actuaciones y promociones. Por ejemplo, para celebrar la inauguración de una exposición individual en 1957 lanzó 1001 globos azules llenos de helio en el distrito de St-Germain-des-Prés de París. Al año siguiente, llevó a cabo una exposición que se conoce como “The void” que consistía en una galería vacía que fue capaz de congregar a más de 2000 personas que posteriormente tuvieron que ser dispersadas por agentes de orden público.

Una obra suya titulada “Salto al vacío”, su famosa fotografía en blanco y negro de 1960, muestra a Klein elevándose desde la cornisa de un edificio como un hombre con poderes. Aunque la fotografía es en realidad un truco en el que la lona que en realidad sostenía a Klein no permanece visible.

Tal vez su performance más conocida y relevante tuvo lugar en 1960, en la inauguración de su exposición “Antropometrías de la Época Azul” en París. En esa ocasión Klein apareció ante el público vestido con un impecable frac blanco, dirigiendo a tres señoritas desnudas que se cubrían con una pintura azul.

Para Catherine Wood, comisaria de arte contemporáneo del museo londinense Tate Modern. “Klein ha sido tildado por algunos historiadores de arte como un charlatán o, debido al uso que hacía de modelos desnudas, como convencional y sexista, pero sus estrategias eran juguetonamente críticas y han adquirido una influencia significativa para las nuevas generaciones, Se podría decir que era un bromista crítico como Duchamp”.

Klein siempre estuvo más preocupado por el color. En 1956, en Niza, hizo experimentos con un aglutinante polimérico para preservar la luminiscencia y la textura en polvo de un pigmento ultramarino en crudo todavía inestable, su patentado International Klein Blue (IKB) en 1960. Su gran descubrimiento y por el que pasará a la fama y por lo que los historiadores del arte siguen discutiendo sobre la verdadera relevancia y alcance de este hecho. Para algunos, representa una ruptura con la abstracción llena de angustia. Las pinturas monocromáticas planas en blanco, pintadas mecánicamente utilizando un rodillo, parecían repeler el arte expresionista Para otros expertos las pinturas monocromáticas sin profundidad de Klein y la obsesión con ‘el vacío’ son expresiones de la amenaza de un holocausto nuclear. “Es absolutamente necesario darse cuenta de que, sin exageración alguna, vivimos en la era atómica”, dijo Klein una vez.

Yves Klein, desde su neodadaísmo anticipó gran parte del arte de las décadas posteriores, desde el arte conceptual al arte de la perfomance. Interpretó el arte como algo independiente de cualquier técnica o medio particular. Imaginó una arquitectura del aire, como él la definió. “Un pintor ha de pintar una sola obra maestra: su propia persona, constantemente, y convertirse en una especie de pila atómica, una especie de generador de radiación constante que impregna la atmósfera con toda su presencia pictórica, que se fija en el espacio tras su paso”.

Klein rechazó el pincel desde os inicios de su carrera por considerarle psicológico y personalista, por lo que empleaba rodillos que estimaba más anónimos y capaces de generar una distancia más útil creativamente hablando. Klein mantenía la distancia entre su obra y el propio cuerpo, tal vez siendo uno de los antecedentes de la perfomance contemporánea.

Yves Klein fue un enamorado de lo español. En 1951 llegó a España y comenzó a aprender español y a enamorarse de la filosofía de vida y el arte de este país. En su diario de viaje anotó un sinfín de impresiones sobre toros, cantantes y bailaoras de flamenco y sobre todo, su visita al Museo del Prado. Entre todas las “maravillas que estoy contemplando, me quedo con El Greco, el más magistral de todos, incluso superior a Goya, Velázquez o Murillo, los que más me gustan. El Greco me ha dejado entrever una gran España”. Incluso el cielo de Madrid le produce una satisfacción tal que incluso lo compara como una revelación que influirá en su obra posterior. En Madrid dará clases de yudo por un modesto sueldo que le permitirá ir tirando sin demasiadas apreturas. Visitará Toledo y su amor por El Greco se multiplica y su inspiración se recoge en sus primeras acuarelas que expone en la habitación de la pensión de Madrid y en su club de yudo.

Por fin, en 1955 presenta Yves: pintures en el barrio más elegante de París.La crítica no comprende su obra, ya que es todo color y no existen las líneas. Sólo aciertan a decir que es un genio combinando colores, sin más. Pero sin saberlo está sentando las bases de los últimos 60 años del arte conceptual europeo.

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Sus últimos años de vida son frenéticos y su actividad enloquecedora. Su vida es un espectáculo y la provocación se impone. Se sitúa a la vanguardia de los happenings y controla los medios de comunicación y la difusión de sus obras. Es un artista completo, en todos los sentidos. Su consagración llega en 1958 cuando expone por primera vez sus maravillosos cuadros azules en Milán. El impacto fue tan brutal que el cantante italiano M. Modugno compuso su canción Nel blu dipinto di blu, con la que consiguió el segundo premio del Festival de San Remo de aquel año.

El francés tuvo una carrera demasiado corta, solo ocho años. Murió unos meses después de casarse, en 1962 de un infarto. Algunos deicen que pudo deberse a dos cosas: a la inhalación de los pigmentos químicos con los que trabajaba y al ritmo agotador que llevaba con unas sesiones de trabajo extenuantes. Poco antes d esu muerte escribió en su diario “ahora quiero ir más alla del arte, más allá de la vida, quiero ir al vacío. Mi vida será como una sinfonía, un tono constante, libre de principio a fin, limitada y eterna, porque no tiene ni principio ni fin, quiero morir, y entonces dirán: ha vivido y por tanto sigue vivo”.