Son quizá demasiadas ferias, y parecía poco probable que la aparición de una nueva pudiera conseguir que el foco de atención madrileño, ya petrificado por los años y las ediciones de todas ellas, consolidara las expectativas que se habían puesto en esta primera edición de Urvanity. El contenido y el marco contextual en el que Sergio Sancho y su equipo ha resuelto la difícil ecuación de interesar al personal con una propuesta que en teoría solo podría venderse como novedosa –palabra newton, tal como emergente, o innovadora, o en otros ámbitos emprendedora (puaj), y que cae por su propio peso, como la famosa manzana y que no significa absolutamente nada, no puede aplicarse a esta feria de Nuevo Arte Contemporáneo. Desconozco su viabilidad futura, pero viviendo el aquí y el ahora, a pocas horas de su apertura oficial, y disfrutando de la visita previa en la que los medios hemos tomado contacto con ella, todo encaja, me resulta creíble y verosímil: efectivamente, hacía falta esta feria en Madrid. Así de simple. Hay obras de muchísima enjundia y otras menores, como en el resto de las muestras, pero incluso éstas no están de más, complementan un discurso expositivo claro y muy coherente. Si habláramos de deporte, hay estrellas en la alineación, pero lo mejor está en su potencia como grupo, las unas hacen fuerte a las otras, y todas juntas conforman un equipo muy potente. Un éxito en la sintaxis narrativa de la muestra, algo que no es habitual y que cada vez yo le doy más importancia.

Huyendo de los conceptos resobados tan utilizados para ocasiones similares, no tengo ni idea si algunos de estos artistas pasarán a la historia del arte por algo más que no sea por la fugacidad de un momento determinado, pero lo mismo puedo decir de los artistas que conforman las parrillas de las ferias más consolidadas mundialmente. Tierra incógnita. Pero por la misma razón creo que esta feria ayudará a que muchos de estos artistas y sus galerías consigan hacer conocer al público lo que representa el street art y su trascendencia futura en la ciudad de Madrid. Y es mucho más que graffitis y paredes; hay cuestionamiento social, hay sutileza y minuciosidad, técnica rebosante, diferentes formatos, mucha carga literaria en las imágenes, y no me refiero al neosimbolismo de bastantes de ellas, elegancia y cierta condescendencia trivial en otras que no acabamos de discernir si es ironía o simplemente pretenciosidad, y hay sobre todo alegría entre las paredes del madrileño Palacio de Neptuno. Un estado psíquico que nos produce esta feria cuando vemos que no todo está escrito y que aún quedan cosas por decir en el mundo del arte contemporáneo en este país. Sí, en efecto, era necesaria.