El Foro Económico Mundial, los empresarios y representantes más importantes de la política internacional debaten en Davos sobre los cambios tecnológicos, la educación y el arte.  Este año están siendo vigilados por unas esferas gigantes semitransparentes que cuelgan del Centro de Convenciones. Su autor es el argentino Tomás Saraceno, llamado a ser uno de los artistas estrellas de la próxima década.  Su proyecto, Aerocene, que desarrolló en colaboración con el MIT y que consta de unas biosferas inflables, causa sensación y asombro a partes iguales. La atracción por los universos aéreos  no se detienen aquí, pues el de Tucumán (1973) ha creado en Buenos Aires un espectacular e inquietante laberinto cósmico tejido por siete mil arañas. ‘Cómo atrapar el universo en una telaraña’ se llama la exposición de la que habla todo el mundo.

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Estas miles de arañas han vivido durante medio año en una de las salas del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.  Mientras los visitantes contemplaban las restantes exposiciones del recinto, las arañas tejían en silencio su red característica. Una colonia de arácnidos  traída del norte de Argentina por el equipo del artista y expertos del Museo Argentino de Ciencias Naturales. Una vez finalizada la obra de las arañas y reintegradas a su lugar se origen, se pudo contemplar su  frágil y evocador laberinto que construyeron sobre un fondo negro y que irremediablemente consigue hacernos sentir como un endeble insecto que será atrapado por la telaraña. Todo muy hipnótico y poderoso.

Saraceno advierte que desde chico siempre la visión de estos insectos le produjeron muy variadas sensaciones, incluso cierta propensión a soñar con ellas. Este Licenciado en arquitectura por la Universidad de Buenos Aires, ahora vive en Berlín. Le apasiona el universo que  presume como “una gran telaraña cósmica, con filamentos de materia que unen entre sí a las galaxias”.

“Las Parawixia bistriata desplegaron sus hilos de seda a partir de la dirección en la que soplaba la corriente. En una sala negra con luz y temperatura controlada, las arañas dormían de día y se despertaban al anochecer para tejer y alimentarse con los grillos vivos que les proporcionaba el museo” agrega.

Por si esto fuera poco, ha sido capaz de transformar este universo filamentoso en un concierto producido por el movimiento de  una Nephila suspendida de un hilo que teje su telaraña frente al público. Las vibraciones provocadas por la araña en la tela se transforman en sonidos y notas musicales reproducidas por los altavoces distribuidos a lo largo de la sala. Para aquellos que quieran disfrutar con el goce de su contemplación pueden hacerlo acomodándose en los almohadones que se encuentran repartidos por el suelo, como quien contempla al aire libre una noche estrellada y espera encontrarse con una estrella fugaz que le permita pedir un deseo.

Tomás Saraceno vivió en Italia los primeros años de su infancia y regresó a Argentina donde estudio arte y arquitectura en Buenos Aires. Posteriormente estudió Bellas Artes en Frankfurt y Venecia, donde conoció a Ulrich Obrist y Olafur Eliasson, de los que guarda algunas similitudes en el empleo de la tecnología como modo de profundización del arte y del contacto con el ser humano. Posteriormente participó en un programa de estudios espaciales que impartía la NASA en Silicon Valley.

Sus instalaciones han sido protagonistas en las Bienales de Sao Paulo y Venecia, así como en algunos de los más relevantes museos del mundo.

Entre algunas de sus obsesiones está la de consolidar un permanente diálogo entre tecnología, humanismo, arte y la posibilidad de superar las barreras sociales y geográficas utilizando estas metodologías como puentes de diálogo que lo hagan accesible. Todo en la obra de Saraceno es literatura, utópica, la arquitectura de sus obras son libros que se leen bien, página a página, sin sobresaltos. Diríamos que es un Ligeti pasado por la centrifugadora  del Schoenberg más accesible si de música habláramos. Saraceno gira en torno a la búsqueda incesante de soluciones técnicas que permitan sostener todas sus propuestas oníricas. Su visualidad y diseño es casi artesanal, sus  estructuras flotantes y en suspensión no son más que guiños a la interacción social.

El talento múltiple de Tomás Saraceno se despliega de forma natural, sin ejercicios forzados de ingenio en donde el arte y tecnología convergen de forma creativa en busca de lo nuevo, pero sin cansar ni aburrir, tal vez porque aún no haya encontrado esa quimera que sólo sabe él cuál es.  Los racimos de galaxias / arañas / nubes de materia son nada más y nada menos que 40 millones de hilos que inevitablemente nos lleva a profundizar en  analogías entre el origen del universo y la telaraña, sumando naturalistas, astrofísicos y especialistas de otros campos.

Saraceno representa al artista de sólida formación intelectual que acumula elogios por aproximarse de modo no erudito a la obra de arte, de forma ingeniosa, sin que se note un cierto sarcasmo hacia la realidad cuando intenta explicar la interconectividad del universo con 7000 arañas. Todo lúdico pero consigue que no lo parezca. Sus obras son una gran fiesta que hace que prescindamos de la realidad, a pesar de que sepamos que siete mil arañas laboran bajo nuestras cabezas –hay algo más horrible que esto- . Pero en el fondo Saraceno se hace un Maestro / Dios / Creador que teje con sus arácnidos universos paralelos. Utiliza sus propias técnicas y las reinventa una y otra vez, con un absoluto dominio y buen gusto estético a la hora de elegir sus materiales. Bricolaje tecnológico con un toque de esoterismo que funciona muy bien.  Ese es el idiolecto de Saraceno, el mismo que el de Eliafur. Por eso han calado tan hondo entre los aficionados, porque saben, partiendo de un cierto misticismo y sencillez alcanzar cotas de grandiosidad que llegan a una gran mayoría de degustadores del arte contemporáneo. El no infringe daños a sus obras / instalaciones. No las machaca, destruye, chorrea, exprime. Él las forja con absoluto mimo, haciendo lo que cree, porque lo que cree es lo que creemos casi todos y por eso nos gusta tanto: somos espirituales, nos gusta el misterio de la vida, el orden de las esferas cósmicas, las utopías de los años 60, la esperanza de que exista una inteligencia poderosa que rija el cosmos. Y Saraceno cree y cree bien.

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