El 22 de marzo de 1599 nació en Amberes, Bélgica, Anton van Dyck; un pintor flamenco especialista en el género del retrato. Gracias a sus extraordinarias obras alcanzó la fama en toda Europa. Su prestigio le abrió las puertas de la corte inglesa del monarca Carlos I. Gran Bretaña le dio más libertad a van Dyck en sus obras, encontramos entonces magnos retratos ingleses con las pinceladas y paletas de colores flamencas. Una elegancia de pincel y trazo que nunca abandono en todas sus creaciones, claramente influenciado por el magisterio de Rubens, cuyo alumno fue y se honró en reconocer. Van Dyck vivió más de seis años en Italia, llegando a ejercer sobre él una gran influencia los maestros del renacimiento, de los que utilizó la temática bíblica y mitológica.

Sir Endymion Porter y Van Dyck El Prado, Madrid Millennialsart

Nadie duda de que la pintura del belga ejerció, en una gran parte de la pintura inglesa posterior, una gran influencia. Vemos así como el arte flamenco cruzó el Canal de la Mancha y penetró la isla británica. Incluso hoy día, artistas contemporáneos británicos mencionan a Anton van Dyck en sus listas de inspiración. ¿Y en España? ¿Cuál fue el recorrido del gran retratista flamenco en nuestro país? Parece ser que Felipe IV usó de toda su influencia para conseguir que Van Dyck recabara en la Corte madrileña y asociarlo al nombre de Velázquez como pintor de cámara. El Madrid de los  Austrias era la capital del mundo en el siglo XVII, y pudo haber hospedado a este artista de talla excepcional, al nivel de Velázquez, de Rubens y de Tiziano.

Cornelis van der Geest Van Dyck National Gallery, Londres, Millennialsart

El extraordinario libro Van Dyck en España, cuyo autor es el conservador de Pintura flamenca del Museo del Prado, Matías Díaz Padrón, apoyado por sus ayudantes Jahel Sanz y Ana Diéguez, proyecta nueva luz sobre el desarrollo personal y la presencia pictórica del artista flamenco en Madrid.

Pero ¿por qué se truncó su llegada a Madrid? Según Díaz Padrón, tras denodados esfuerzos para conseguir un compromiso de exclusividad en la Corte del artista flamenco, dos muertes inoportunas dieron al traste con este objetivo. Esta historia comienza en los Países Bajos, en los primeros años del siglo XVII. Una tregua militar de doce años con los rebeldes opuestos al protectorado español, permite a los virreyes, Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, y a esposo, Alberto, archiduque de Austria, inaugurar una etapa de prosperidad artística. Esta circunstancia beneficia al maestro Pedro Pablo Rubens, diplomático y pintor de renombrada fama, cuyas obras son de las más cotizadas de Europa. Su taller es uno de los más fecundos y productivos, y uno de sus jóvenes discípulos es Van Dyck, quien comienza a descollar como un futuro genio, el mejor discípulo del gran Rubens, quien estaba enormemente vinculado a la Corte madrileña y al que unía una gran amistad con Velázquez, el otro gran genio del momento. Rubens mostró al sevillano la grandeza del joven Van Dyck y éste quedó impresionado al tanto que alentó al monarca, al conde duque de Olivares y al propio almirante Spínola que adquiriesen los lienzos de aquel prodigioso pintor. Desde ese momento sus obras comenzaron a correr por doquier por los reinos de España. Las cortes comenzaban a rivalizar entre ellas y tentarle, pero fue la corte de Carlos I, en Londres, quien ganó la partida.

Felipe IV, enterado de la valía del joven, pidió a su hermano Fernando, el Cardenal-Infante, gran mecenas artístico, que tentara al pintor para venir a Madrid e instalarse en su Corte. Cuando las gestiones de Fernando caminaban por buena senda para conseguir el propósito real de atrapar a Van Dyck, el Cardenal-Infante, en la cumbre de su prestigio como virrey de los Países Bajos, contrajo una repentina enfermedad que le llevó a la tumba. Muy pocos meses después, el propio Van Dyck, que nunca dejó de coquetear con los españoles, moriría también de manera súbita. Pero afortunadamente para las colecciones españolas, en el taller de Rubens, se almacenaban algunas de las mejores obras del maestro de Amberes y cuando Pedro Pablo falleció, la corte madrileña adquirió (28 lienzos en el Museo de El Prado y dos en el  Monasterio de El Escorial). Afortunadamente estos últimos pudieron recuperarse milagrosamente tras la invasión francesa de 1808.

Van Dyck representa la elegancia personificada dentro de un manierismo contenido que ensalza los valores de la mejor pintura flamenca, sin cansar ni apabullar. Contiene elementos novedosos que se ponen de manifiesto en la pintura inglesa del XVII y del XIX, incluso manifestaciones contemporáneas como la fotografía llevan una caga importante de subjetivismo y uso de la luz, como la que hay en los retratos, autorretratos y paisajes de Van Dyck. A lo largo del siglo XX, pintores y escultores usaron la fotografía como herramienta auxiliar, pero también como medio de expresión artística. Pero es probable que el mismo Anton, si hubiera conocido la fotografía la hubiera utilizado como soporte para fijar las composiciones y dotar de realismo a las escenas. En la histórica e inolvidable exposición celebrada hace dos años y organizada por La Caixa y la National Gallery de Londres, Seducidos por el arte. Pasado y presente de la fotografía se propuso un juego de correspondencias entre grandes nombres de la pintura, pioneros de la fotografía y fotógrafos contemporáneos. Los pintores experimentan una atracción por la fotografía que encuentra su rápida correspondencia en la admiración que los fotógrafos sienten por la obra de los grandes maestros de la pintura, quienes les proporcionarán referencias visuales, modelos de composición, temas y personajes. Cuando los primeros fotógrafos empezaron a explorar nuevos territorios visuales, también asumieron como propios temas tradicionalmente exclusivos de las artes plásticas, como por ejemplo la escultura clásica, la naturaleza muerta holandesa del siglo XVII y sus retratos, y las recreaciones renacentistas de escenas de la antigüedad. Los géneros tradicionales que tan bien cultivó Van Dyck, como el retrato, el autorretrato, la mitología clásica y bíblica, son constitutivos de análisis y estudio por parte de autores actuales que se reconocen como seguidores y admiradores de Van Dyck, cuya principal característica es la de compartir mirada visual, como, entre otros, de Craigie Horsfield y del artista victoriano David Wilkie Wynfield que muestran a las claras la influencia barroca de Van Dyck en unos interesantes diálogos que trazan una escenografía paralela sorprendentemente afín.

 

El genio de Van Dyck es grande y atraviesa toda una línea estilística que alcanza varios momentos estelares de la evolución artística del XVIII, XIX y XX, desde los grandes maestros como Turner, Gainsborough, Ingres, Vernet y Fantin-Latour a artistas contemporáneos como Horsfield, Dijkstra, Struth, Learoyd, y Gütschow, quienes a su vez exploran la deuda contraída con sus predecesores del siglo XIX, como Julia Margaret Cameron y Roger Fenton.

 

Por éstas y otras razones nos emociona el arte pictórico de Anton Van Dyck.