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Diego Casillas  Editor de Millennialsart.com

Francisco, Julio, Amalia, María, Antonio, Maribel y Esperanza son amigos y pertenecen a aquello que se ha dado en llamar los realistas de Madrid, el grupo de artistas que forman parte de la exposición Realistas de Madrid que se ha podido ver en el Museo Thyssen de Madrid desde el 9 de febrero hasta el 22 de mayo con un enorme éxito de visitas y de crítica especializada. El mismo catálogo de mano de la exposición afirma que este grupo de siete, en el que las mujeres ocuparon un lugar destacado, se conocieron en Madrid a comienzos de los años 50. Estudiaron, trabajaron y se casaron entre ellos y han seguido siendo desde entonces amigos. Su formación corrió paralela, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, el Museo del Prado y el Casón del Buen Retiro, además de realizar una serie de viajes a Roma donde la riqueza estética y artística de la ciudad eterna marcó sus vidas. Pero el realismo madrileño fue algo de su tiempo, influenciados a la vez por la abstracción de Lucio Muñoz, lo cual actuó como estímulo para vindicarles a elegir el realismo.

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Estos pintores y escultores reunidos bajo el epígrafe Realistas de Madrid tienen en la novela El Jarama una de las referencias de su época y su libro de cabecera aún hoy. Antonio López, el más joven del grupo,  afirma cómo El Jarama le hechizó como un flechazo gracias a ese realismo tan literal que despertaba totalmente la imaginación. Igualmente la pintora Isabel Quintanilla, explica su devoción por la novela porque se vieron inmediatamente reflejados. Ferlosio utiliza un lenguaje sobrio, sin retórica campanuda. Es su mismo idioma, sus mismas inseguridades. Tal vez por ello tantos aficionados al arte se sientan identificados con este grupo de artistas como ellos con la novela de Ferlosio. Esta contradicción entre la abstracción reinante y la confusión que genera tal vez sea la misma que siente el espectador actual con la fragilidad del conceptualismo, la inmediatez del mundo de internet y la falta de un punto equilibrado de la comprensión y de la percepción de las diferentes manifestaciones artísticas.

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Ellos representan lo que ven, lo que hay, lo que tienen más cerca, van juntos a contracorriente, como el hombre corriente y moderno Repiten los mismos temas: ventanas, jardines, quicios, bodegones, estancias domésticas, vistas de Madrid. Y aún así no se denominan grupo artístico.

En Realistas de Madrid se reunieron estos artistas y cosecharon un gran éxito, en una de las exposiciones que más se recordará entre los aficionados al mundo del arte. El Thyssen expuso obra inédita de Antonio López; de su esposa, María Moreno, cuadros de Isabel Quintanilla que vendió en Alemania (donde se halla gran parte de su obra) y que la propia autora no ve desde hace medio siglo, de Esperanza Parada, esculturas de los hermanos Julio y Francisco López, y los evocadores paisajes urbanos de Amalia Avia. Las máquinas de coser Singer, los vasos Duralex, una botella de Coca-Cola, el bote de Ajax, los anuncios publicitarios de los edificios, han estado presentes en las obras de este grupo. Cualquier parecido con el pop es pura coincidencia. Aunque son coetáneos no comparten las ideas de esta corriente. Su ámbito es íntimo y doméstico, aunque parezca que se apegan a los lugares, en realidad eligen los que tienen a mano. Pero, ¿por qué nos gustan tanto? ¿Por qué al fiel seguidor de la abstracción este universo figurativo le resulta atractivo? Nos responde Guillermo Solana, director del Thyssen  y comisario de la exposición: “Tal vez en la propia técnica de creación encontremos alguna pista. Antonio López y sus compañeros realistas tienen una aproximación de un rigor casi científico. Habla de la objetividad, y de sus constantes mediciones, que se fabrica sus propios artefactos de medición y su escuadra. Además, ante todos aquellos que critican este arte como mera fotocopia de la realidad se les puede responder que casi todos los pintores modernos utilizaron la fotografía como  Delacroix, Degas, Monet y, por supuesto, todos los del siglo XX sin excepción, incluidos los Realistas de Madrid. Después, unos siguen pegados a la foto como Amalia Avia, que por otro lado es a la que menos importa el detalle y la apariencia de trampantojo. Curiosamente no la utilizan tanto los que son más virtuosos técnicamente, los que se toman más en serio la precisión visual, como Antonio López o Isabel Quintanilla quienes pintan del natural. En el caso particular del más grande de todos ellos, Antonio López, que empezó trabajando mucho desde la foto, con el tiempo ha ido convirtiendo en un principio ético pintar no de la fotografía sino del natural por eso exhibe las marcas, las cuadriculas incluso las anotaciones. En los cuadros se ven los estadios sucesivos que coexisten para que veamos el proceso pictórico.

Acertado. Este arte riguroso puede ser también muy emocionante. En las pinceladas y esculturas de estos autores hay desgarro, sutileza y caricia, vigor y abandono. Una pintura enmarcada dentro de una geografía de la luz y la sombra. Y mucho esfuerzo. En el caso de Antonio López, el gran maestro de la figuración,  es único hasta en su relación con el tiempo: lo inventa, aglutinando los distintos instantes, y lo ignora cuando se trata de darse por satisfecho con el resultado final y, por ende, con la fecha de entrega de un encargo. Detrás de cada obra hay mucho esfuerzo y dedicación, lo que vulgarmente se entiende como un trabajo bien hecho. Y eso nos gusta. En un mundo en el que la chapuza, el medio pelo, la fugacidad desconcertante, son protagonistas, recrearnos con unas obras así nos vuelve a humanizar, a devolvernos con una verdad universal que es la del trabajo bien hecho y recompensado como tal, el respeto por el trabajo físico e intelectual. Eso  no quita que algunos encuentren más vida y realidad en un retrato de Saura o Canogar, para gustos están los colores, nunca mejor dicho.

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Antonio López relativiza el mundo de las nuevas tecnologías: “Todos nos aprovechamos. No puedes aprovechar todas las cosas que van apareciendo para vivir, creo que han nacido para que las usen cierta gente, no todo el mundo”. Nuevamente a contracorriente, pero él se lo puede permitir, no así el resto de los mortales. Como también el hecho de que hayan continuado adelante a pesar de siempre les han dicho la temida frase: “para eso ya está la fotografía” y al final han acabado aprendiendo a convivir disipando todas sus dudas. A pesar de todo la abstracción les parece un lenguaje maravilloso. Para López en la Venus de Milo hay abstracción, pero otra cosa es meterse en él. Pero tampoco eran una rareza en el mundo. Lucian Freud, Edward Hopper o Andrew Wyeth también lo habían hecho en otras latitudes con similar éxito.

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Guillermo Solana, comisario de la exposición  dividió con gran acierto el espacio en tres: el primero es el que va de la mesa a la ventana — con todas las estancias de la casa o del estudio—. En el que una repisa de un cuarto de baño o la escultura de una silla con una gabardina puede hacer un retrato de la persona que lo ocupa aunque no esté presente. Dentro de este ámbito se incluyen las naturalezas muertas de Quintanilla, de su marido, Paco, el escultor Francisco López; de Moreno. El segundo ámbito es el patio y la visión de la calle, siempre desde dentro de la casa. El jardín no es más que la extensión del hogar para nutrirse de otros elementos y temas. Les permite mostrar algo de cielo, pero sin perder de vista el suelo. Son espacios acotados por multitud de tapias. Incluso en la tercera área, cuando se llega a la ciudad, las vistas siguen teniendo al ser humano y lo que habita como centro. Esta composición facilitó indudablemente la comprensión temática y espacial del visitante, los cuadros se han agrupado no tanto en temas sino en la secuencia lógica del paso de dentro de uno mismo hacia afuera. Desde la intimidad de nuestro hogar, de nuestras cosas: nuestra mesa, nuestro vaso o nuestro cuarto de baño, al umbral de la puerta y de ahí al patio, al pequeño jardín de atrás, a la empalizada, hasta romper los cielos de Madrid o lo cerrado de sus calles. Hay algo relacionado con el aire en esta exposición. Nos gusta tanto porque se  agolpan en nuestro interior las palabras relacionadas con sentimientos: frío, silencio, desasosiego, sol, naranjo, tiempo detenido, tapia, granado, calle vacía. Objetos dormidos, a la espera de algo. De algo que pertenece a nuestras vidas intrínsecamente, a cada uno de nosotros, en algún momento de nuestras vidas. Es la magía, el enigma que explota en nosotros cuando contemplamos estas obras. Un descomunal misterio. Los versos del mundo de lo reservado y de la intimidad, a veces sin apenas presencia humana. Es la parquedad lo que acaba desbordando el caudal de vivencia de cada uno. Por eso hemos visto emocionarse a tanta gente que ha visitado esta exposición, aunque no esté viendo precisamente cosas bellas, como un lavabo, una puerta desvencijada o un paisaje deprimido y subdesarrollado. Incluso a López no le gusta Madrid, así lo ha repetido en diferentes entrevistas. Esa es su grandeza, porque nos hacen ser capaces de reconocer estos versos, estos mensajes, son contemporáneos nuestros y por eso nos dejan huella. Todos odiamos la rapidez histérica, por eso nos detenemos a contemplar el membrillo al sol de estos artistas. Y Antonio López advierte que lo ideal es pintar el cielo pero siempre desde el lugar donde se habita, donde el espacio ocupado por el hombre esté presente. No pinta la muñeca sino el cerebro que gestiona esa extremidad superior, con S mayúscula, en el caso del de Tomelloso. .             La ética del artesano era el detalle, y aquí hay mucha ética, pero también mucha evocación e interpretación de lo pintado o esculpido. Aún queda para nosotros espacio para la pintura realista en un mundo hiperfotografíado. En el mundo de la hípercomunicación y del selfie, es necesario un mediador artístico que nos devuelva la alta definición de la comprensión exigente. Solana lo ha explicado excepcionalmente: “El vaso de Isabel Quintanilla no es un vaso de cristal veneciano con una rosa, no está embellecido, es un vaso tosco. Lo único que importa es el milagro de la luz, la transparencia y la semitransparencia del cristal y el agua y ya está. El Lavabo de Antonio López es un prodigio, una revelación cognoscitiva, una revelación de puro conocimiento. No es un milagro estético. Lo bello, lo sublime son prejuicios que estorban a los realistas. Por eso mucha gente tiene la idea de que el realismo es muy fácil y en realidad, acceder a las cosas que tiene que decir un cuadro de Antonio López a mí me parece mucho más difícil que descifrar un Tapies. Curiosamente la pintura abstracta está más codificada que la obra realista pesar de que el mundo de los realistas es deliberadamente limitado. Prefieren concentrarse en pocas cosas, cosas cercanas”.

E indudablemente nos gusta tanto porque nos entusiasma el cine. Estos autores tienen en común con el séptimo arte, entre otras cosas, la técnica del montaje, la observación de dos vistas sucesivas, el espejo, el lavabo, la ciudad, el promontorio en el que estamos situados, como secuencias cinematográficas, en dos planos diferentes y separación de los fotogramas. Analogías cinematográficas a pares que gusta medirse con él. Por eso es incomprensible que el  realismo se haya utilizado polémicamente contra el arte moderno. Los realistas de Madrid son modernos por muchas cosas, con las mismas contradicciones que el común de los mortales es moderno o podría llegar a no serlo. Muy modernos por la prevalencia del lápiz y el dibujo, como territorio principal de su aprendizaje, pero nunca como algo preparatorio, sino que es un medio que tiene tanto derecho a ser admirado como el óleo o el relieve escultórico: y lo tratan como tal. Según el comisario de la exposición, “desde los años 90 el dibujo se ha convertido en un medio más contemporáneo que la pintura. El dibujo ha abierto el camino a la pintura moderna porque en el dibujo no se cubre la superficie material del soporte se deja al descubierto, por eso es una técnica, un medio mucho más abierto. En el que el proceso está mucho más visible que en la pintura al óleo en la que todo se tapa, en la que se borran las huellas”. Parece todo mucho más sencillo y directo.

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Y lo que es más importante y que nos satisface a todos en estos tiempos de globalización y exposición extrema: los realistas constituyen  una indagación que preserva el misterio de la intimidad, con el mantener esos fondos de los cuartos, los rincones entrevistos a una determinada distancia, las dependencias a medio hacer o a punto de ser destruidas totalmente. Todo el realismo, no sólo en pintura, en fotografía y en cine tiene que volver a los pintores holandeses como Vermeer, porque son quienes inventan la intimidad en el espacio.

Quizás sea eso por lo que nos gusta tanto. El realismo tiene muchas miradas, muchas capas. Y en cada una de las más profundas se puede encontrar la expresión de varias emociones profundamente humanas.