foto baraonda

Los personajes o las situaciones que aparecen en este artículo son absolutamente ficticios y su parecido con la realidad es meramente ocasional.

10 y 21 minutos de la mañana. Espacio. Libertad de movimiento en un rumbo ya fijado. Desde hace tiempo. Me acerco a una puerta de las de entonces. Sus cuatro metros de altura y su labrado novecentista me despiertan una hora después de haberme levantado.

Automáticamente, miro a la derecha. Un cajetín retro (sin intención retro)con teclas me invita a pulsar las teclas para entrar. Lo hago también automáticamente. Entro. Crujen a mi paso anchas tablas de madera antigua en forma de espiga. ¿Será suficiente alimento?

LLego. Veo. Una gran mesa azul y plata plagada de arrugados papeles con ilegibles frases y absurdos garabatos. La silla ergonómica en la que mi espalda me da los buenos días. Un Mac de los de ahora. Y otro, más allá, también de los de ahora. Diferentes colores. Pulso una tecla y lo enciendo. O lo arranco, como diría mi compañero. Por cierto, aún no ha llegado. Enseguida los primeros ‘buenos días’ vocalizados se intercalan con timbres de teléfonos -móviles, portátiles, fijos…-. Todos ‘de diseño’. Todos pulsan teclas. Desde el 0 al 9. No hay 10. Pero si hay asterisco. Y marcación automática. Oigo. Los que aún no me han saludado ya me han pedido trabajo. Cada vez más. Me piden tiempo. Cada vez menos. Menos para la hora de comer. Mi compañero llegó hace tiempo. Le oigo. Suena mi teléfono. La escucho. Todo es grande. Siento.

Es un decorado. Pienso. A veces imagino que lo montan por la noche. Buena campaña. Y que me esperan escondidos hasta que llego. Incluso esas pretenciosas láminas. Roy. Andy. Keith. Bien podrían haber estado en otro despacho ayer. O en el pasillo. O en otra agencia. O en otro país. Hasta el Consejero Delegado asociaría esas láminas con sus autores. Pop. Seratonina. Fácil. Digestible. Lo de siempre, el mismo menú. Siempre, eso si, en Casa Antonio. Una horita más para lo kitch, pero esta vez, sin pose. Espárragos, cinta de lomo con patatas y natillas. Bueno. Peleón, gas y a correr. Malo. Llego a la puerta. Esta vez, acompañado. Yo no pulso las teclas. Río al entrar, pero la puerta ya no tiene cuatro metros. El espejo del ascensor reflejaba claustrofobia. Llego. Veo. No llegamos. Mañana presentamos y en el despacho no hay más que conceptos. ¿Están en un cajón? ¿O colgados de los halógenos? No vivirán mucho. Como los muebles. De diseño. Lo que hoy vale, mañana… el mercado dirá. Usar y tirar. Tirar de oficio. Tiempo. Espacio. Son directamente proporcionales. Disminuyen. Empezaron a empequeñecer conmigo. Desde las 10 y 22.

Indigestión. Difícil. La seratonina sigue presente, pero ahora tiñe algunas mesas. Decadencia. En el piso de abajo, la parte noble, el Consejero Delegado ya no asocia las láminas con sus autores. El azul corporativo de la moqueta le es suficiente. ¿Azul o verde? Edvard. Paul. Gustav. Como no, Piet. Hemos bajado un piso. Hemos retrocedido casi un siglo. Siguen siendo láminas. Superficiales. Aparentan. Pulsan teclas.

La moqueta verde carga de electricidad estática la parte noble del cortijo. La moqueta azul se carga mi electricidad estética. Diferentes colores. La cuestión es mirar al suelo. Y volver a subir para bajar. Callo. Callo. Son iguales. Van juntos. Cuanto menos hablas, más duro se hace. Tiempo al tiempo.

Todo es tan pequeño que ya no quepo en lo que ayer fue ergonómico. Ayer. Tiempo. Mercado. Moqueta verde. El sol se esconde. Lo artificial inunda las salas ahora diminutas ¿Aún más? No quepo. No quiero. Me quiero. Te quiero. Decido poner fin a esto. Mi propia campana/campaña siempre se retrasa. Mi joroba tropieza con la puerta. He de agacharme aún más. Y corro.

Fin.

Aunque mañana todo volverá a ser grande.

*Hoy he prostituido mi lenguaje. Mañana también lo haré. ¿Lo entiendes?

Yo tampoco.

Antonio Barahona