El Museo del Románticismo nace gracias al tesón de Don Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer (1858-1942) Marqués de la Vega-Inclán, hombre aficionado a las artes, discípulo de Francisco de Madrazo y de Carlos de Haes. Fue un caballero polifacético, dado al conversar, a los viajes y a los negocios inmobiliarios, a él se deben la Casa Museo del Greco en Toledo y la Casa de Cervantes de Valladolid. Sin ningún género de dudas Don Benigno de la Vega-Inclán constituyó un ejemplar representativo de los hombres de la Restauración.

El edificio del Museo del Romanticismo, sito en el número 13 de la calle de San Mateo de Madrid, es un bello palacio típicamente madrileño. Fue construido por Manuel Martínez Rodríguez para el Marqués de Matallana. En 1850 era propiedad de Don Francisco de Paula Fernández de Córdoba. Cuando en 1920 el Marqués de la Vega-Inclán alquila la casa para instalar la Comisaría Regia de Turismo por él fundada, ya no habitaban el palacio sus propietarios, servía para alojar oficinas y fondos editoriales, acaeciendo en esa época un incendio que destruyó la decoración de sus salones. En 1921 el Marqués hizo donación al Estado de un conjunto de ochenta y seis pinturas del siglo XIX, libros y muebles que constituyeran el germen de un museo popular que debía denominarse Museo Romántico. En 1924 se instala dicho Museo en el palacio de la calle de San Mateo y tres años después fue adquirido definitivamente por el Estado.

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La filosofía del Museo parte de la conveniencia de recrear cómo era y cómo transcurría la vida cotidiana en una casa isabelina. No se trata tanto de una exposición de piezas sobresalientes analizadas una a una. La importancia radica en el conjunto de obras que exhibe: cuadros, esculturas, mobiliario, objetos decorativos. El poder evocador que logra transmitir esa atmósfera de mundo cerrado, con su suelo ancho de tarima que cruje a cada paso, la tendencia de los interiores hacia la oscuridad en pos de ese “desvanecimiento voluptuoso” (en palabras de la directora del Museo, Begoña Torres) tan pretendido por las damas de la época, las cajas de música sonando, el olor a cera y cuero, constituye el principal activo con que se van a encontrar los visitantes de este palacio madrileño. Hay algo misterioso e inquietante en cada dependencia, un estatismo que no es tal, pues da la sensación de que en cualquier momento aparecerán los habitantes de la casa acometiendo sus tareas cotidianas.

Los fondos del Museo pueden dividirse en varias categorías: obras de arte (pintura, estampas, dibujos y escultura de gran nivel), objetos y útiles de la casa (manteles, colchas, platos, cuberterías…), objetos decorativos (muebles, porcelanas, relojes, cajas de música…), objetos personales (vestidos, joyas, abanicos, armas…), material documental (fotos, libros, cartas, diarios…), juegos, entretenimientos e instrumentos musicales.

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Partiendo del estudio realizado por Jean-François Blondel, la forma correcta de planear una casa era dividir las habitaciones en tres categorías: habitaciones de respeto, habitaciones formales de recepción o de sociedad y habitaciones para la comodidad, destinadas al uso privado del dueño de la casa. Estas últimas podían ser utilizadas como dormitorios durante el invierno porque eran más pequeñas y cálidas. Esta estructura puede ser aplicable al Museo que nos ocupa. A la entrada de la casa solíamos encontrarnos con un recibidor. De él partía la escalera noble hacia los pisos superiores y en él era donde esperaban los visitantes, cumpliendo la función de llegada y salida de invitados. La casa contenía habitaciones comunes para comer, pasar el tiempo de ocio y recibir; además se subdividía también en habitaciones privadas para personas de la familia. El papel de la mujer fue cobrando cada vez más importancia en la decoración y amueblamiento de los hogares españoles en el siglo XIX. El despacho del esposo y un poco el comedor, más sobrio y austero, escaparon del influjo femenino.

El Museo Romántico posee objetos de gran valor artístico. El número de los fondos se aproxima a 6000 piezas, de las que están expuestas aproximadamente el 50%. Además el Museo cuenta con 76 piezas en depósito, de las cuales 36 proceden del Museo del Prado y 40 corresponden a depósitos de titularidad no estatal. Entre las piezas más significativas del Museo podemos señalar, en pintura, el lienzo San Gregorio Magno de Francisco de Goya, de Leonardo Alenza las Sátiras del suicidio, de Vicente López el Retrato del Marqués de Remisa, de Charles Porion Isabel II pasando revista a las tropas, de Federico de Madrazo el Retrato del Duque de Rivas, de Gutiérrez de la Vega su Retrato de Larra y de Zurbarán, San Francisco.

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La escultura también ocupa un lugar predominante. Mariano Benlliure con el Busto del Marqués de la Vega-Inclán y José Piquer con Infante dormido son una excelente muestra de esta disciplina plástica. Del mobiliario, con algunas piezas de excelencia, destacan la mesa de despacho del Marqués de Remisa, el escritorio perteneciente a Carolina Coronado y la sillería del Salón de Baile. Mención aparte merece la colección de pianos Pleyel, Steinway o Boiselot que el visitante puede contemplar repartidos en las diferentes estancias del Museo. Además hay que añadir las colecciones de abanicos, miniaturas, estampas y dibujos que pueblan los estantes de la casa, algunas de ellas de un gran valor documental.

En un rincón del viejo Madrid se levanta un noble edificio restaurado en siete ocasiones. Por Decreto de 1 de marzo de 1962 fue declarado Monumento Histórico Artístico por su indudable valor. Constituye una de las pocas oportunidades que el ciudadano tiene de sumergirse en otra época, in situ, al margen de las películas, las novelas de época o la dramaturgia, o mejor aún, como complemento a éstas. En un rincón del viejo Madrid se levanta el Museo del Romanticismo.