En la evolución de la historia del arte apreciamos un recorrido natural en el siglo XX español. Las motivaciones que conducen a los artistas e intelectuales a desarrollar sus propuestas vienen marcadas por determinadas variables entre las que destacan los complicadísimos contextos políticos y sociales que les tocó vivir. Todos ellos se responsabilizan de su tiempo y se sienten concernidos por plantear una serie de propuestas que a su vez les fueron planteadas por su propia realidad circundante. La mayoría de artistas e intelectuales de la época eran hombres y no debían sobreponerse a un muro de incomprensión y desafecto por su condición de género. En el caso de las mujeres que se dedicaban a estas mismas disciplinas la dificultad con la que lidiaban era inmensa: ser mujer e intelectual era para la mayoría conceptos antitéticos, incluso para los colegas de profesión que aún veían a la mujer como entes destinados a los ámbitos familiares y las trataban con paternalismo y cierta superioridad intelectual.

Las dos generaciones tienen en común pertenecer a un marco histórico nacional de gran confusión en donde la decadencia se percibe en cada estancia del edificio nacional que un día fue y ya no es. Los intelectuales y los agentes de la cultura en general parten de su propia concepción del mundo para tratar de subvertir todo aquello que ha conducido al país a su desmoronamiento. Y se fijan en Europa y aprehenden para sí mismos dos anhelos: ciencia y cultura. Las mujeres piden también igualdad y que su sexo no sea un impedimento para ejercer su actividad, cualquier actividad. Resulta interesante recordar los estrechos márgenes que la mujer poseía para visibilizar su propio intelecto ante los demás.

Curiosamente un hecho dramático como la Gran Guerra (1914 – 1918) facilitó la irrupción de la mujer en otros ámbitos sociales ajenos al familiar y al religioso. Las sucesivas levas de hombres a los campos de batalla hicieron posible que ellas ocuparan los puestos vacantes. España, a pesar de ser país neutral, no fue ajena a este desembarco femenino en lugares anteriormente vetados. Las mujeres empiezan a codearse con las principales figuras masculinas de su tiempo: en el 14 las Victoria Kent, María de Maeztu, María Lejárraga, Margarita Xirgu, Margarita Nelken, Carmen de Burgos, Clara Campoamor, Matilde Padrón, María Blanchard confrontan con los Pérez de Ayala, Gabriel Miró, Manuel Azaña, Eugenio D´Ors, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Gustavo Pittaluga, Juan Gris, Vázquez Díaz, Gutiérrez Solana, Josep Clará, Julio González, Pablo Gargallo o Manuel de Falla. En el 27 se produce el encuentro entre  Margarita Manso, Marga Gil Roesset, Ángeles Santos, Conchita Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcin y los Lorca, Luis Buñuel, Gutiérrez Solana, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Emilio Prados, Benjamín Palencia, Manuel Ángeles Ortiz, Gustavo Pittaluga, Rodolfo Halffter o Ramón Gaya.

La primera sensación que nos produce contemplar esos nombres es el diferente recorrido que han tenido unos y otras, con la excepción de aquellas que con el tiempo han sido reconocidas como figuras relevantes de la intelectualidad española. Las mujeres del 14 y del 27 tenían muchos puntos en común, pero si algo las diferenciaba era que el edificio filosófico de las primeras era profundamente feminista tal y como lo entendemos hoy, mientras que las del 27 matizaban ese concepto poniendo por delante su condición profesional y artística lo que no las hizo ser menos beligerantes en su actitud ante la desigualdad que observaban (ejemplo de esto lo tenemos en las Sinsombrero –mujeres del 27 que se quitaban el tocado cuando paseaban por la Puerta del Sol en señal de insumisión ante la tradicional subordinación de la mujer a padres, maridos y sacerdotes. Un simple gesto que antaño podía ocasionar represalias como escupitajos, pedradas o en el mejor de los casos insultos por parte de los hombres que contemplaban la escena.

Las mujeres del 14

Dentro de las mujeres del 14 hay una notable presencia de ellas con una formación universitaria, como María Goyri, Zenobia Camprubí (ambas oscuredidas por la imponente presencia de sus maridos: Menéndez Pidal y Juan Ramón), la pedagoga María de Maeztu o las feministas paradójicamente enfrentadas Clara Campoamor y Victoria Kent. Otras destacarían entre los discípulos de Ortega, especialmente María Zambrano.

Su objetivo principal era renovar estéticamente el arte de la época para conseguir una estética más moderna y propia del siglo XX.

Todas ellas apoyaron las reformas sociales y políticas que transformaran la sociedad, defendiendo los valores de la inteligencia, la disciplina de trabajo y el pensamiento, usando un estilo riguroso, un lenguaje eficaz, lleno de recursos expresivos, de ahí su profunda  preocupación por la forma.

La pintora María Blanchard es un claro ejemplo de reivindicación tardía por parte de los demás. Ignorada en su país solo cuando se sumerge en el ambiente artístico parisino -en Madrid siente el rechazo de una sociedad cerrada- empieza a ser reconocida, y la reseña que realiza un diario parisino un día después de su muerte así lo refleja:  “La artista española, ha muerto anoche, después de una dolorosa enfermedad. El sitio que ocupaba en el arte contemporáneo era preponderante. Su arte, poderoso, hecho de misticismo y de un amor apasionado por la profesión, quedará como uno de los auténticos artistas y más significativos de nuestra época. Su vida de reclusa y enferma, había por otro lado contribuido a desarrollar y a agudizar singularmente una de las más bellas inteligencias de ese tiempo”.

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Las Sinsombrero

Las llamaban así porque en gesto de rebeldía (tal vez una de las primeras performances en España) se atrevían a pasear por las calles del Madrid de los 20 sin sombrero. Escribían, pintaban, componían y esculpían. Las más reconocidas eran Margarita Manso, Marga Gil Roesset, Ángeles Santos, Conchita Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcin o Maruja Mallo. Su vida cultural e intelectual la realizaban en un mundo donde la masculinización de lo intelectual era asfixiante.  Muchas de ellas vivieron en el aperturista sistema educativo de la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes. La gran mayoría acabó en el exilio tras el triunfo de las tropas franquistas. Las que volvieron de él regresaron entre la indiferencia y el olvido, en comparación con la vuelta de los exiliados hombres que volvieron con mucha más expectación y notoriedad. Las pintoras Maruja Mallo, Ángeles Santos, Margarita Manso y Marga Gil Rousset fueron las más afortunadas ya que fueron reconocidas en vida aunque fuera de España, especialmente la primera, quien fue considerada por el mismísimo Warhol como precursora del arte pop. Las obras del resto de las mencionadas quedaron eclipsadas por los avatares sentimentales que se las atribuyen, como las relaciones que mantuvieron con otros intelectuales de la época: Juan Ramón o Federico García Lorca en el caso de las dos Margaritas.

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El magnífico proyecto transmedia Las Sinsombrero, de Tania Batlló recupera a las mujeres eliminadas de la historia oficial de la Generación del 27. Se trata de un documental que debería ser de obligado visionado para los amantes de la cultura de este país, mejor aún, para los amantes de la historia de España. Transcurridas muchas décadas desde entonces, y hoy, la fecha en que conmemoramos el Día Internacional de la Mujer, rindamos nuestro pequeño homenaje a estas generaciones de mujeres que se constituyeron como la punta de lanza de la verdadera y esencial marca España.

mujeres en la residencia de estudiantes