John Berger (1926 – 2017) ha fallecido este lunes a los 90 años de edad. Su prolífica carrera le llevó a transitar por casi todos los géneros literarios, además de una más que interesante actividad artística, entre los que desatacó su faceta de pintor. En 1972 obtuvo el prestigioso premio Booker con su novela G (donó la mitad de la suma económica a las Panteras Negras) y elaboró uno de los ensayos más influyentes de los últimos cincuenta años “Modos de ver”.

Su actividad como crítico de arte ligado al pensamiento marxista fue el comienzo para muchos de sus seguidores de una lectura del arte desde una perspectiva política y social que desafiaba la aceptabilidad de las tradiciones dogmáticas habitualmente establecidas en los cenáculos prescriptores. Berger transitó desde el arte hasta la literatura, convirtiéndose en un intelectual único europeo, al que debemos novelas de una sutileza y modestia fuera de lo común, como King, que enseña una riqueza conceptual de deliciosa lectura. Originalísimo como pocos, huyendo de la verborrea narrativa tradicional en muchos de sus compatriotas, en donde el menos se convertía en un más mayúsculo y excelente, detallista y a veces inocente. Su ternura y romanticismo no eran antitéticos a una concepción racionalista muy anglosajona de sus modos literarios.

            Modos de ver, fue un libro casi iniciático para una generación, una bella y sencilla reflexión sobre el arte y el efecto que causa en nuestra percepción de la vida. Fue capaz de transmitir su amor por el arte a otros muchos que no sentían ninguna afinidad por esta disciplina cultural. Sus críticas profundas y nada maximalistas fueron motivo de inspiración para una generación de jóvenes críticos y periodistas que acababan confesando la intensa influencia que había ejercido sobre ellos. Además, su gran intuición y formación intelectual le hizo descubrir algunos talentos, como el español Juan Muñoz.

En los últimos años, Berger demostró una su preocupación por la complicadísima situación de los emigrantes, desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, acrecentada hoy, y la respuesta decepcionante que Europa ha demostrado ante la gravedad del problema (Trilogía De sus fatigas). Interpreta los hechos como una consecuencia del actual capitalismo que ha dejado de ser un instrumento a convertirse en un fin en sí mismo, la eterna pregunta sobre quien tiene el gobierno y quien tiene el poder; el sistema acaba por engullir a la clase dirigente mundial.

Sus artículos, ensayos y críticas, le convierten en uno de los pensadores más lúcidos y coherentes de la contemporaneidad, heredero intelectual de W. Benjamin, cuestiona la pérdida de la inmanencia de la obra de arte por la aparición e irrupción de otros métodos de contemplación y de producción de la misma, como la fotografía, el cine, la tecnología, que han minimizado el carácter único de los objetos. Tal vez por eso amara entre todas las disciplinas el dibujo, la simpleza del trazo y la verdad que exhibe. Una verdad que no es más que coherencia.

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