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Se cumplen 25 años del inicio de la relación entre Julián Ríos y Eduardo Arroyo. Se remonta a principios de los años 90, cuando el novelista solicitó al pintor que ilustrara su libro “Sombreros para Alicia”, una novela pintada, casi al modo de scherzos mozartianos en que la alegría, lo inquietante y la seducción explotan y superan cualquier calificación de género literario. La levedad, rápidez, visibilidad, la precisión narrativa de Ríos combinan con las maravillosas ilustraciones de Arroyo, nos hace perder la cabeza con sus caenas de historias cortas, disparatadas que nos dejan perplejos, si bien nos muestran una obra perturbadoramente original. Diez años más tarde Julián Ríos añadiría más fantasía a sus seis nuevos ‘sombreros para Alicia’ ampliando a 29 relatos su primer libro de cuentos publicado en 1992.

        

         Este vigués nacido en 1941 y afincado desde hace treinta y cinco años en París se considera a pesar de todo español. No podría ser de otra manera, porque su patria parece estar en el lenguaje sobre todo, con el que juega, con el que goza y con el que hace piruetas y juegos de palabras de asombro. Lo hizo en Larva, en Amores que atan, en Monstruario, obras por las que ha sido considerado uno de los escritores más sorprendentes en su lengua y traducido ya a 12 idiomas. Pero no sólo ante la crítica y los lectores españoles, ‘que son muy pocos, pero muy buenos’, señala, sino también en Estados Unidos, Francia, Alemania, donde se le considera un rara avis. Él forma parte de una tradición, del tronco de Cervantes, Góngora, Quevedo, pero también de la tradición de Picasso, Miró, Saura o Eduardo Arroyo. Mucho riesgo y respeto por el pasado.

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Julián Ríos abre una inocultable fisura en el tiempo de escribir, como en su día lo hiciera, James Joyce. El silencio y una deliberada marginación han sido los más preciados cómplices de Ríos; y en su compañía siempre han estado presentes los artistas plásticos contemporáneos, sin los que sería imposible estudiar los fogonazos de su prosa, su imaginación desbordante dentro de un control narrativo exquisito. Admirado por numerosos autores en lengua hispana como Octavio Paz o Roberto Bolaños, también es detestado por otros muchos que le califican de impostado, pretencioso, gusanero e ilegible. El postula una radicalidad de calidad y detesta lo que llama las vanguarderías infantiles, sus escuelas o secuelas. Ahí lo deja dicho. Quien no haya leído Larva, su novela más extensa (mamutreto) y quizá polémica, que lo haga si tiene arrestos y luego podrá juzgar y entender mejor la filosofía de su obra. Incluso alguno predijo que habría un antes y un después de la publicación de esta novela que ya afortunadamente se hizo asimilable por la crítica más avanzada y por los lectores más valientes.

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Los artistas son, a juicio de Julián Ríos, las personas que han sabido mostrar mejor el monstruo que todos los hombres llevan dentro. A partir de esta convicción y de su afición por la pintura, este escritor gallego, ama la colaboración que pueda darse entre los libros y las ilustraciones de los mismos, la literatura y la pintura como la misma moneda y dos caras diferentes. En sus obras participan pintores de verdad y pintores de ficción, siempre artistas plásticos que condicionan al menos el continente de su expresión narrativa. Así lo hizo Arroyo en sus dos libros de cuentos, con su dibujo elegante, preciso y evocador. Parece que las ilustraciones de Arroyo hacen más digerible la difícil lectura de Ríos, su aparente complejidad sintáctica y su catarata semántica que parece que no va a detenerse nunca.

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Además, su afinidad con la pintura contemporánea le ha llevado a dedicar una «novela pintada» a R.B. Kitaj, dos libros a Antonio Saura y a colaborar con Eduardo Arroyo en la ilustración para Círculo de Lectores del Ulises de Joyce. El propio Antonio Saura justificó su colaboración con Ríos de esta manera: “Soy un enemigo de la pintura literaria, pero no de la ilustración como comentario práctico a un libro”. Y añadió: “Sólo se puede ser fiel al espíritu de un texto cuando se trate de la admiración”, afirmando que nunca había aceptado un encargo y todos los libros que ha ilustrado son sus libros-fetiche, al igual que los que proyecta ilustrar: los sueños de Quevedo y los aforismos de Lichtemberg”. Es la alquimia del andamiaje plástico y de la geografía física: la grafología y la ilustración. Ríos y Arroyo, y un buen número de sombreros dibujados.

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