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En ningún momento de la historia el hombre ha sentido una necesidad de ruptura más acusada que en la época romántica. La imaginación y su poder infinito es reivindicada como la Facultad Superior. A pesar de su complejidad, algunos conceptos esenciales, nos harán llegar a una conclusión apasionante: El espíritu romántico entronca directamente con los rasgos más acusados de la posmodernidad y el arte contemporáneo.

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Los deseos de libertad política corren paralelos a los de libertad artística. Nada de reglas clásicas ni de modelos tradicionales. Subjetivismo y búsqueda del estilo propio, huida de los moldes neoclásicos de expresión, exaltación del yo individual y por tanto enorme profundidad lírica y arrebatos, pero siempre dejando algunos posos de contención y melancolía. Es el mal de siglo, el patetismo del alma que aspira a sublimar lo imposible.

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Desgraciadamente poco hubo en la España del siglo XIX que sea digno de compararse a la revolución romántica que en paralelo se desarrollaba en Alemania e Inglaterra. Nuestro romanticismo, por lo común, apenas supo reflejar desvaídamente algunos de los rasgos más superficiales, de estilo, de su homónimo europeo. Acogiéndose a una versión conservadora, historicista, de evocación nostálgica del pasado, así como al escapismo de lo exótico y los excesos del énfasis, permaneció ajeno en lo esencial al profundo cambio de orientación estética con el que da comienzo en el arte occidental la auténtica modernidad.

Así lo ha señalado el profesor Philip Silver en su libro Ruina y restitución: reinterpretación del romanticismo en España, donde da cuenta de la escasa incorporación entre nosotros de actitudes y recursos del alto romanticismo europeo. Ese atraso respecto a la época se explica históricamente si tenemos en cuenta que la Ilustración tampoco había calado a fondo en una sociedad pre-moderna, una España donde permanecía aún vivo el espíritu barroco de la Contrarreforma, cuando ya las Luces invadían Europa. Como ya nos anunciaba F. Schlegel: «El modo poético romántico sólo puede devenir eternamente, nunca puede completarse.»  Hacia el postromanticismo se gestaría la idea de que la belleza del arte se encuentra en el arte mismo: El arte por el arte. ¡Hay algo más contemporáneo que esa afirmación! Varias corrientes se consideran postrománticas: El parnasianismo, se caracterizaría por su ruptura con el subjetivismo y con el exceso de sentimentalismo; el simbolismo según definió el propio Jean Moréas es “Enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad, la descripción objetiva”, se encuentra impregnada de intenciones metafísicas, misterio y misticismo; el decadentismo surge por el acto de potenciar a Baudelaire, que buscaba la belleza en lo repugnante, busca revelarse contra la falsa moralidad burguesa. Otra alternativa al romanticismo fue el realismo, inspirado en los efectos sociales del nuevo capitalismo. Es habitual el uso de la sátira, la denuncia, las temáticas de enfermedad, suciedad, locura, pobreza, vicios y prostitución. El realismo se potenciaría en el naturalismo, más influenciado por el materialismo, el positivismo o el determinismo. El arte del XIX no estuvo exonerado del roto histórico con su historia.       Los pintores paisajistas ingleses del romanticismo sentarían las bases sobre las que más adelante trabajarían los impresionistas. De Turner los impresionistas tomarían su gusto por la fugacidad, sus superficies borrosas y vaporosas, el difuminado y la mezcla de colores intensos; pero desecharían el componente sublime, propio de la pintura romántica. Hacia finales de siglo y comienzo del siglo XX se podía ver una gran variedad de vanguardias. El punto máximo del individualismo implicaba que cada artista debía promover su propia vanguardia, que afirmaba, de carácter universal y verdadero. El postimpresionismo, el puntillismo, el simbolismo pictórico, el expresionismo, el cubismo, el fauvismo, el surrealismo, el futurismo darían cuenta de una sociedad que vive en la revolución por la revolución, la vanguardia por la vanguardia, la universalidad por la universalidad. Una sociedad donde los plazos son cada vez más pequeños, el ritmo cada vez más rápido. Está por hacer una revisión de nuestro arte contemporáneo desde esta perspectiva. La restitución romántica puede rastrearse en Esquivel, Madrazo o Alenza, por supuesto; pero también existe en el subsconsciente de Juan Gris, Dalí, Picasso, o Chillida, al igual que en literatura hay mucho de Bécquer y Rosalía en la generación del 27 o la generación del 50. Entre estos últimos algunos confluyen en la vía del romanticismo inglés a través de su versión cernudiana (Brines, Gil de Biedma, Barral, González), otros se incorporan a la revolución romántica desde otras lecturas e influencias: Claudio Rodríguez, por ejemplo, en la estela de Coleridge y Dylan Thomas. Un paso al frente en la indagación de nuevos territorios donde se den cita, simultáneamente, la reintegración de la auténtica tradición romántica -tal y como se ha ido restituyendo a nuestro arte a lo largo del siglo XX-, así como la quiebra de la representación y las nuevas modulaciones del sujeto artístico a las que la postmodernidad como etapa histórica nos conduce, por tanto no arece atrevida esta síntesis del romanticismo y la posmodernidad. En palabras del poeta y estudioso del romanticismo Eduardo García, el arte romántico y el contemporáneo tienen mucho en común. Ambos se regodean con la belleza aberrante y en visiones nada inocentes de la infancia. Ambos buscan el estilo, y lo logran, pero también son tímidos, cohibidos, como si tuvieran una vida secreta. Imagínense los puntos en común que ciertos autores del mundillo artístico actual se parezcan bastante al estereotipo del artista romántico alemán tal como lo retrató F. Overbeck en 1810: cuerpo andrógino, cabellos acicalados, mirada oblicua un tanto temerosa. A la vez conservador y radical, extrovertido y retraído, hizo arte posando acicalado, sintiendo intensamente y entremezclando las cosas reales.

 

La era romántica, de fines del siglo XVIII a mediados del siglo XIX, fue la época más ajetreada. Siempre había alguna revolución en curso, naciones en formación y en desintegración. El clima intelectual abarcaba la razón y la espontaneidad, el patriotismo y la anarquía, la ciencia y las hadas. La vida era demasiado rica, pero también demasiado corta. Todos parecían ir y venir en un estado febril de vehemencia e irritación constantes. Y detrás de todo estaba la naturaleza (aquí es donde pasado y presente siguen caminos distintos), dondequiera que estuviesen, presente o cercana, esperando. Es la época de Schubert, de Byron, de Friedrich. El weltanschaung universal de una idealización artística o espíritu de los tiempos que también definieron y disputaron entre sí Hegel y Schlegel, donde su fusión de lo didáctico y lo fantástico vincula muchas de las obras de este periodo con las tradiciones del arte popular.  Pero atención: Hacia 1815, la era Biedermeier, un paraíso burgués que habría de durar hasta los levantamientos europeos de 1848, trajo un seudorrealismo. Abundaba el dinero nuevo, la agitación política era mínima. La gente quería un arte que no representara ideas etéreas, sino cosas concretas, y en general lo obtuvo. La era produjo, cuando menos, un artista de enorme talento: Adolph Menzel, un hombre de muy baja estatura que dedicó su larga vida casi por entero al arte. Estampador de oficio, hacia 1836 empezó a aprender pintura por sí solo. Uno de sus primeros paisajes, Traspatio de inquilinato , es absolutamente genial: fusiona el realismo y la cuasi abstracción un cuarto de siglo antes del impresionismo. Su talento fue ampliamente reconocido. Sin embargo, nuestra pintura actual parece vincularse con Schubert y algunos pintores románticos tempranos, con sus beldades tristes, exultantes, pasivamente subversivas, propias de la canción popular. Aclarado el verdadero alcance del alto romanticismo europeo se comprende la línea de continuidad entre Romanticismo y Postmodernismo, la zona de confluencia donde el segundo apenas representa un paso más en la dinámica abierta por el primero. Según el filósofo y escritor Friedrich Schlegel la ironía romántica es una síntesis de reflexión y fantasía, de armonía y entusiasmo. Será la ironía romántica schlegeliana quien abra paso, en andanadas sucesivas, al distanciamiento brechtiano, el sujeto extrañado o alienado de la vanguardia y la fragmentación y el descentramiento del sujeto en la postmodernidad. Dato crucial de la conexión entre ambos periodos históricos y artísticos. La ironía romántica será pues el primer paso hacia la disolución del sujeto: la toma de conciencia de su naturaleza dual, su síntesis de opuestos. A juicio de F. Schlegel, un artista se caracteriza por su capacidad para oscilar entre uno y otro, entrar y salir del poema, experimentarlo a un tiempo desde dentro y desde fuera, emboscarse en su hondo sentimiento y distanciarse de inmediato para contemplarlo a vista de pájaro. Qué mejor definición cabe dar al artista contemporáneo.

La ironía romántica consiste, en suma, en la honda colaboración entre las fuerzas conscientes e inconscientes del sujeto, la vigilia y el sueño diurno. Ironía es en suma el carácter fronterizo de la experiencia simbólico-imaginaria del arte. Es decir, el génesis de una abstracción en el mundo de ver la realidad artística, en sendas que se recorrerán a lo largo de la modernidad y la postmodernidad,  en un proceso que aún está en marcha: entusiasmo e inspiración, es decir, las honduras del inconsciente, noción ya planteada y desarrollada por el romanticismo alemán a fines del siglo XVIII, y más allá, formulada científicamente por el psicoanálisis freudiano a principios del XX, y no como suele decirse, gracias  a la invención de los vanguardistas surrealistas franceses.

Esta aguda conciencia del carácter representacional, ficcional, de todo arte, supone un salto de gigante que inaugurará una nueva era en la historia de la creatividad estética. Se abre así camino a la modernidad y con ella a su última manifestación hasta la fecha: la postmodernidad. En definitiva, de la ironía romántica brotarán las dos crisis que darán lugar al postmodernismo: la crisis de la representación y la crisis del sujeto. Pura y dura síntesis del arte contemporáneo, es decir, el emborronamiento del sujeto, es decir, la ironía no sólo disuelve al sujeto, también vuelve problemática su identidad. La ironía romántica había abierto la caja de Pandora de la modernidad. Por una parte el yo se fractura, oscila entre introspección y distanciamiento.  Por otra toma conciencia de su interna complejidad, descubre los vastos territorios del inconsciente.

El yo del artista se revela un ídolo caído, una adherencia de la representación tradicional de hombre y mundo, una convención en crisis, su disolución, como sucede en los cuadros de Johns o Pollock entre otros. Adiós al culto al yo, a la inocente expresión. Adiós a la ingenuidad racionalista de un yo centrado. Queda libre el camino hacia la fragmentación y el descentramiento del sujeto postmoderno, como sucediera  en los años 60 que empezaba a gestarse en EEUU el postmodernismo como una reacción renovadora frente al por entonces ya clásico, acogido en la academia, modernismo angloamericano.

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Nace ahora el dinámico sujeto postmoderno, una identidad siempre en fuga. Sujeto que se experimenta como incesante proyecto de sí. Identidad siempre en construcción, nunca ya “hecha”. Una voz que oscila entre diversas modulaciones, que se despliega en voces, huyendo y regresando, siempre dispuesta a incorporar una nueva mirada, la del sujeto / artista contemporáneo.