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La llegada de China al arte contemporáneo fue tardía, pero ha dado pie a un fenómeno sin precedentes. En tres décadas se ha convertido en el segundo mayor mercado artístico del mundo, desplazando a Francia y Gran Bretaña y acercándose cada vez más a Estados Unidos. Sólo en 2014 las ventas de arte en China alcanzaron los 8.500 millones de dólares.
Tal vez todo comenzara en un incierto proyecto colectivo de un grupo de artistas. Hace 50 años,  el suburbio de Dashanzi era el orgullo de la China comunista. Con el apoyo de la Unión Soviética y la RDA, los chinos construyeron en este departamento de Beijing un monumental complejo de fábricas para albergar su industria militar. Cuarenta años después, las construcciones diseñadas según el estilo geométrico Bauhaus yacían abandonadas, hasta que a finales de los 90 un grupo de artistas comenzó a ocuparlas, atraídos por los bajos precios y los espacios luminosos. Los talleres dieron paso a las galerías y la zona pronto se transformó en el equivalente a un SoHo. Hoy, este distrito,es el epicentro del boom del arte contemporáneo chino, que no da señales de dejar de crecer.

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La aparición de una escena artística tan dinámica no es casualidad. China creció a un ritmo de entre el 7 y el 14% en los últimos 20 años gracias a las reformas que sentaron las bases para que hoy sea la segunda economía mundial. Ese drástico cambio de rumbo trajo consigo un vertiginoso desarrollo urbano, transformaciones sociales y algún que otro tenso momento político. Pero también abrió las puertas de China al resto del mundo: devoraron a los Beatles y Andy Warhol, mientras los coleccionistas occidentales caían rendidos ante las imágenes “pop” de Mao.

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Un arte propio

Al frente de este fenómeno está la generación de artistas que se formaron en los años ochenta, que se abrió camino entre la censura y ahora goza de enorme prestigio internacional. No son artistas políticos, pero sus obras abordan las contradicciones y complejidades de la “nueva China”.

El más célebre es quizás Ai Weiwei, conocido tanto por su arte como por su activismo político. Sus instalaciones juegan con la idea de la fragilidad de la tradición ante la llegada de la modernidad.

La pintura figurativa ha sido una de las corrientes más fuertes, aunque sus artistas rara vez aluden a la realidad de forma directa. Entre los más renombrados está Yue Minjun, cuya imagen de hombre calvo, de ojos cerrados y sonriente, se ha convertido en un icono como los gordos de Botero. Igual fama tienen los enigmáticos retratos colectivos de Zhang Xiaogang, que evocan las fotos familiares tomadas durante la Revolución Cultural. Una línea de trabajo similar ha seguido Wang Guangyi, cuyos irónicos afiches propaganda pop combinan imágenes típicamente socialistas con los logos de marcas que causan furor en China: campesinas modelando para Chanel y obreros coreando el nombre de Coca-Cola. Todo ello con una estética cercana a la de Warhol o Lichtenstein.

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El arte abstracto también tomó fuerza por primera vez en China, así como el performance y el happening. Zao Wou-Ki, residente en Francia desde hace 60 años, Cai Guoqiang, conocido por sus dibujos con pólvora sobre papel, fue la estrella de la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2008 con sus explosiones coreografiadas.

El fantasma de la censura siempre está presente, aunque. los límites de la tolerancia gubernamental parecen haber aumentado en los últimos años. Pero al final, el gobierno entendió bien el punto: el arte contemporáneo chino es una industria multimillonaria que ha generado un interés inusitado por la cultura del país. Los precios de todos ellos se han disparado. Algunas obras de los artistas anteriormente mencionados pueden abarcar entre el millón y los diez millones de dolares. A medida que los artistas en la cima se han hecho inalcanzables, muchos coleccionistas, con presupuestos más limitados, se han volcado sobre los artistas emergentes.
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El arte chino no conoce la crisis

Ni siquiera la crisis financiera de 2008 hizo mella en el arte chino. Todo lo contrario: aunque las ventas se desplomaron en Estados Unidos y Europa, China rompía récord tras récord a medida que los coleccionistas locales comenzaban a ver el arte como un valor de inversión perfecto para los tiempos de incertidumbre. Hoy en día, las principales galerías de arte internacionales están presentes en el país y diez de las veinte mayores casas de subastas son chinas.
A la hora de comprar, los coleccionistas han demostrado ser nacionalistas. “Un Picasso les gusta, pero al final los chinos casi siempre compran chino”, cuenta Sara Bortoletto de la galería OffiCina en Pekín. “Entre ellos hay muchos amantes del arte, pero también muchos que piensan ‘compro en 200 y luego lo vendo en 800’. Sólo China puede sostener esos precios en el contexto económico actual”.  Tanto que muchos de los artistas más cotizados entregan sus obras directamente a las casas de subastas, confiados de que su fama les garantiza precios cada vez más altos. La demanda es tan grande que han surgido incluso subastas de artistas recién salidos de la universidad. Muchos expertos temen que explote la burbuja, pero hasta el momento los yuanes siguen funcionando.

 

Fuente : china-files.com