Art Basel en Miami Beach 2016 terminó en unas cifras positivas, tanto a nivel de ventas como de visitantes, registrando una asistencia de 77.000 personas, incluyendo la visita de influyentes coleccionistas privados, así como directores, curadores y mecenas de los principales grupos internacionales de museos e instituciones. Una de las claves del éxito de este incremento de ventas para los galeristas ha sido la aparición sostenida e incrementada en esta edición de coleccionistas chinos, latinoamericanos y europeos, además de que el flujo de visitantes ha sido constante pero sin abrumadoras multitudes, lo que ha permitido a los galeristas desarrollar con cierta tranquilidad su trabajo, y el descubrimiento de nuevos artistas chinos que confirman el interés de los coleccionistas por el arte de este país. Por último algunos galeristas se mostraban satisfechos con el nivel de atención que habían recibido de los museos europeos y americanos y las adquisiciones que se habían cerrado.

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Arte y selfies

Por el contrario, parece ser opinión bastante generalizada que las obras y sus creadores quedaron en un segundo plano por los negocios inmobiliarios y publicitarios, y por un metro cuadrado cada vez más caro, que la feria y las autoridades de Miami alimentan obsesivamente en Miami, sin darse por enterados del tremendo follón de tráfico que se organiza durante los días de  la feria. Algo que se viene repitiendo edición tras edición, más un desfile de celebrities que convierte a esta feria en una fiesta perpetua con demasiado pan y circo, y que, como dice el televisivo escritor Boris Izaguirre, “es un infierno al que siempre se quiere volver”. Un fenómeno publicitario de elevado perfil.

Los coleccionistas, durante el First Choice, ya saben lo que van a comprar y cuánto van a pagar. El comisario ha confeccionado la lista. Entran y salen, para ver y ser vistos. Todos nerviosos y apurados. Se habla poco de los artistas y del arte en general, de las tendencias, salvo en los espacios ad hoc como el ciclo Conversations. Nada nuevo bajo el sol. Este totum revolutum del lujo y las relaciones sociales deja poco espacio para hablar de arte y disfrutarlo, sobre todo esto último, como la celebrada frase ¨he ido a la universidad, pero la universidad no ha entrado en mi”. Parecido, solo con cambiar dos sustantivos y nos sirve tal cual. El sistema parece funcionar porque el sistema es fetichista: un Koons vale lo que un Picasso.

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Art Basel nació de una iniciativa del marchante y coleccionista suizo Ernst Beyeler en los años 70. Su meta era competir con la feria de Colonia, en aquel entonces la mejor de Europa. Ese hombre visionario fundó Art Basel en Basilea, una ciudad de 200.000 habitantes, urbe fronteriza entre Suiza, Alemania y Francia. Además de crear una feria de excelencia internacional, Beyeler le encargó al prestigioso arquitecto Renzo Piano un museo para albergar su colección. La fundación lleva su nombre y allí están expuestos impresionantes Rothkos y Giacomettis. Ernst Beyeler murió a los 88 años, hace seis años.

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La designación del joven Noah Horowitz como director de Art Basel Americas ha sido una clara apuesta por girar hacia rumbos manifiestamente más comprometidos con el arte y el comisariado sofisticado. Horowitz ha dirigido ferias en problemas y las ha sabido sacar a flote como la Serpentine y The Armory Show de Nueva York. El lema de su mandato en Art Basel es “fly to the quality“. La otra señal es haber encargado el prólogo del catálogo a un artista, Seth Price de 43 años. Parece inferirse que la dirección de la feria va a confiar más en el papel a jugar por la fuerza artística de ese colectivo que parece que solo es útil para dar contenido a los miles de selfies que la gente se hace con sus producciones artísticas.