La Kunsthaus de Zurich recuerda los 50 años de la muerte del suizo reuniendo sus mejores obras en yeso, arcilla, madera, piedra y bronce. Giacometti (1901-1966) considerado como uno de los escultores más influyentes del siglo XX junto a Brancusi, Moore y Calder, mantuvo una constante lucha por captar la esencia huidiza y fútil del ser humano a través de sus volúmenes y formas.

La Kunsthaus cuenta con la colección más importante de obras de Alberto Giacometti en un museo, la colección de la Fundación Alberto Giacometti. Esta fue fundada en 1965 gracias a donaciones privadas y hoy posee 150 esculturas, 20 pinturas y muchos dibujos sobre papel. Muchas obras fueron presentadas por el propio Alberto, otras por su hermano Bruno Giacometti. Sus fondos contienen el trabajo de toda la vida de Giacometti. La colección de la Kunsthaus comienza con las primeras obras y abarca importantes esculturas que reflejan su fascinación por el cubismo y el arte primitivo. Las esculturas más significativas de los años 1947 a 1951, caracterizadas por su estilo maduro y sus figuras delgadas más características, se pueden contemplar además de varios de sus cuadros importantes

En 1925 Giacometti ya no estaba satisfecho con la escultura realista y comenzó a buscar otras formas de dar expresión a su propia visión y sensibilidades. Esto lo llevó a experimentar con la estilización rigurosa del cubismo como con la energía primaria del arte afro-oceánico. En 1929 consiguió crear objetos transparentes sin masa, flotantes e insubstanciales como figuras oníricas, signos polisémicos y evocadores de su propia visión interior. Esculturas como Femme couchée qui rêve fascinaron a los surrealistas y Giacometti se convirtió en parte de su círculo: de repente las obras de arte divorciadas de la realidad ya no eran necesarias; Más bien, los surrealistas esperaban objetos sobre los cuales se pudieran proyectar deseos y agresiones. Estas esculturas se transforman en aparatos que poseen la posibilidad de la interacción de la acción humana – presionan una palanca para desencadenar un movimiento simbólicamente cargado – un nuevo tipo de arte, lúdico e inquietante, simbólicamente preciso y a la vez enigmático.

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Hacia 1935 Giacometti ya se había apartado de los elementos lúdicos y fantásticos del surrealismo. Durante doce años buscó una solución. En 1947 lo encontró en la forma de sus figuras delgadas sin peso. La jaula es un ejemplo maravilloso del principio del realismo “fenomenológico”: el soporte y la jaula representan a los seres humanos en su conciencia dentro de la cual está inextricablemente unido. La diminuta estatuilla revela que el contenido de la conciencia es lo percibido por la vista.

El intercambio formal y conceptual entre la pintura y la forma escultórica es central para el desarrollo de su obra madura. Esto se pone de manifiesto en las representaciones de la conciencia en las pinturas anteriores: los fenómenos percibidos toman forma dentro de la mente misma. En los retratos posteriores, Giacometti fue capaz de liberar las caras del espacio ilusionista del cuadro para prestarles una presencia asombrosa. El espectador se enfrenta al modelo tal como lo hace el pintor, y al mirarlo a través de él, lo despierta en la vida de la misma manera que el propio arte.

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Para Sartre era el artista existencialista perfecto, a mitad de camino entre el ser y la nada. Cuando observamos las estatuas de Giacometti vemos seres inmateriales, cadavéricos, inmateriales, prisioneros de su mismidad “extranjera” camusiana, que tratan de elevarse hacia los cielos pero que no lo consiguen, se diga lo que se diga, y regresan a la tierra convertidos en titanes de prodigioso tonelaje. Estas figuras de bronce ya convertidas en las imprescindibles metáforas de la II Guerra Mundial, reflejan su propia vivencia del conflicto, cuando, con su pasaporte suizo y huyendo de la invasión nazi de Francia, abandonó París junto con su hermano Diego antes de que entraran en la capital francesa las fuerzas alemanas. Resulta conmovedor y a la vez grandioso contemplar las delicadas esculturas, frágiles y quebradizas, esplendorosa y bellas a pesar de su volumen mínimo, estiradas como las notas musicales del compositor italiano Schiarrino, reducidas en ocasiones a un simple trazo.

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El maestro Giacometti siempre estuvo dispuesto a confrontarse con los antecedentes clásicos de la escultura occidental.”Todo el arte del pasado, de todas las épocas y de todas las civilizaciones aparece ante mí, todo es simultáneo como si el tiempo tomase el puesto del espacio”, afirmó en alguna entrevista. Fueron Italia y Francia los lugares que centraron toda su atención y le producían una fascinación exacerbada: Amo el arte de Florencia, Perugia, Nápoles, Asís, Roma y por supuesto París, en donde se trasladó en 1919 y se desarrolló como artista y vivió hasta su muerte y experimentó una epifania que sin dusa marcaría el resto d esu producción: la contemplación de su amiga y modelo Isabelle Lambert alejarse en medio de la noche y como se iba haciendo más pequeña pero sin perder su propia identidad. Se obsesionó con transformar esa visión en una escultura. A partir de aquí Giacometti comenzó a esculpir sólo obras de dimensiones minúsculas, con  pedestales desmedidos, “con gran terror, mis estatuas han comenzado a reducirse. Se trata de una catástrofe pavorosa”, declaró. “Debo lograr reducir mis esculturas al formato de un mechero. Una figura que pueda ser abrazada completamente, de un solo vistazo, en su totalidad. La mirada no debe saltar de una esquina a otra, vagar de un detalle a otro”.

Giacometti realiza en 1947 una escultura que marca un punto de inflexión en la historia del arte. Es ‘Hombre que camina’ y es una reinterpretación de una obra de Rodin. Jean Paul Sartre, en un texto titulado ‘La búsqueda de lo absoluto’ definió al escultor como el “artista existencial” por excelencia, considerándole autor de una revolución copernicana en el mundo del arte. Para el filósofo francés, Giacometti es el arquetipo del artista moderno. Queda entusiasmado por la delicadeza de su trabajo y cómo esta fragilidad se convierte en su poder magnífico. No en vano Jean Cocteau le definió en su momento como el artista más interesante de posguerra que había existido.

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