Breve recorrido sobre la recepción histórica del color y su influencia en el arte

A modo de boceto lingüístico / cromático (si se me permite la construcción) de la evolución de la percepción del color a lo largo de la historia podríamos encontrar hilos interesantísimos que seguir a la hora de establecer cierto tipo de conducta que servirían a los artistas de diferentes épocas para desarrollar su técnica y naturaleza, es decir, utilizando un término lingüístico, su propia y personal sintaxis de actuación. Este texto solo pretende un acercamiento hipotético al porqué en distintas épocas ciertos autores han elaborado unas construcciones similares con determinados perfiles repetitivos de actuación. Partiremos de un libro que a mi juicio debería ser de obligada lectura para los aficionados a la historia del arte, ya que parte de la matriz filológica y lingüística y nos permite deambular, al menos aproximarnos, al resto de las disciplinas culturales fronterizas, como pudiera ser la pintura o la escultura, principalmente y de cómo los colores pueden caracterizar sus obras, la recepción que cada uno tiene de los mismos y cómo pueden plasmarlos en sus telas o lienzos. Porque tal vez, los cielos velazqueños, los azules inventados de Klein, las masas cromáticas de Rothko, los grises de Zurbarán, la refulgencia brutal de Van Gogh, o los carmesís de Tiziano, entre otros, tengan alguna que otra explicación científica, procedente de conceptos lingüísticos, biológicos y de generación de pensamiento, más allá del talento natural, la técnica adquirida o la originalidad y excelencia artística de cada cual, es decir, las relaciones entre lenguaje, cultura y color.

Dicho libro es Prisma del lenguaje, del estudioso y divulgador israelí Guy Deutscher, publicado en España por Ariel en 2011. De forma amena recorre la evolución que se tenía de la percepción del color partiendo de varios hitos ineludibles de su desarrollo histórico. Actualmente, la actividad cultural universal que prevalece entre los estudiosos es la innatista, en la que las reglas están codificadas en nuestro ADN: los seres humanos nacen con un cerebro equipado con herramientas de estructuras gramaticales complejas, heredadas, donde los niños las aprenden con facilidad de generación en generación y la lengua materna condiciona todo el discurso y por ende, el resto de las actividades artísticas y culturales. Esto nos entronca con la célebre frase de Wittgenstein “los límites de mi mundo se corresponden con los límites de mi lenguaje”.

Pero existe una minoría que discrepa en la comunidad intelectual, afirmando que todo es producto de una evolución cultural y como respuesta a unas exigencias determinadas de nuestra capacidad comunicativa. Pero ¿cuál de estas teorías se aproxima más a la realidad?

Comencemos con el recorrido histórico que Deutscher nos muestra en su excelente obra. Todo empezó con un político y ensayista británico llamado William Gladstone (1809-1898). Este estudioso de la edad homérica llega a la siguiente conclusión: la descripción del color en la Odisea y la Ilíada, así como en autores posteriores de la Grecia clásica como Píndaro, no encaja con nuestros parámetros, son descripciones radicales, vagas y desconcertantes. El color del mar, los verdes campos, los cielos no se ajustan a nuestros parámetros cromáticos. No hay verdes ni azules. Se pregunta Gladstone: ¿era Homero insensible al color? Según leyendas posteriores el bardo era ciego pero sir William lo niega aduciendo que sus descripciones eran tan exactas y detalladas que está posibilidad se cae por su propio peso. Cómo explicarlo. La teoría que aporta es radical. Los griegos de aquella época padecían de una disfunción en la percepción del color que les hacían mantenerse siempre entre las descripciones entre la luz y la oscuridad, sin términos medios, blanco o negro, es decir, tenían daltonismo y posteriormente fueron desarrollando el sentido del color y a incluir los tonos rojos. Es decir, fueron educando la vista a instancias de los diferentes estímulos que la naturaleza les brindaba, entre otras cosas porque no podían confrontar el color natural con las texturas artificiales creadas ex novo, como las pinturas, los tintes manipulados por el hombre. “El ojo puede necesitar acostumbrarse a un sistema ordenado de colores para adquirir la capacidad de diferenciarlos entre sí” concluye Gladstone.

Prosigamos. El siguiente hito es el que aporta Lázaro Geiger (1829-1889), otro reputado humanista y lingüista de la época. Para él, el lenguaje proporciona pruebas de que el hombre descendía de un estado semianimal. Establece líneas de contacto con el pensamiento de Gladstone y afirma que también en la obra de los antiguos poetas indios, las sagas islandesas y el Antiguo Testamento, las descripciones cromáticas son parecidas a las del mundo homérico. Es decir, dicho trastorno visual debieron de parecerlo durante milenios. Dice Geiger que el color azul y sus derivados todavía no estaba reconocido como concepto individual y formaba parte del negro hacía el verde. Atención: por primera vez en la historia relaciona íntimamente lo que el ojo puede ver y lo que la lengua puede describir. La cuestión se plantea a continuación. Lo que nos diferencia es la manera de nombrar el color o su percepción cromática. Y lo explica de la siguiente manera: son los defectos del vocabulario del color de los antiguos tenían una base anatómica, de modo que son los médicos y los naturalistas los que tenían que dedicarse a  la investigación del color y de su percepción. Pero Geiger, desafortunadamente murió en mitad de su estudio.

Siguiente peldaño. El oftalmólogo Hugo Magnus escribe un tratado en 1877 titulado “De la evolución histórica del sentido del color” Este doctor explica con exactitud cómo la retina humana ha ido desarrollando sensibilidad al color progresivamente. Y se basa en un aldabonazo del destino, un accidente ferroviario sucedido en Suecia en donde dos trenes chocan frontalmente produciendo un elevado número de muertos y heridos. La explicación, tras dos años de intensas investigaciones es que un gran número de maquinistas padecían daltonismo y no podían distinguir las señales cromáticas de las estaciones. Juntó sus estudios anatómicos con los descubrimientos filológicos de sus predecesores. Escribió que la percepción de los antiguos era similar a lo que los ojos modernos pueden ver en penumbra, en donde los colores se apagan y se tornan grisáceos. Así fue evolucionando la retina para incrementar su capacidad perceptiva y cada generación iba heredando estas mejoras. Como curiosidad, el devorador filosófico Nietzsche incorporó el daltonismo de los antiguos como parte de su devastador intelectualismo. Magnus concluyó su obra con la siguiente afirmación: Quizá el daltonismo actual es la supervivencia de un trastorno que fue casi universal durante algunos milenios de nuestra historia.

Después de la muerte de Darwin, quien puso el cimiento de la genética moderna filtrada desde su teoría evolutiva y transmisora entre individuos de la misma especie y cuyos seguidores fueron mayoritarios hasta finales del XIX, aparece la figura descollante del biólogo August Weismann, quien en 1888 concluyó que  los hábitos adquiridos no se transmitían, pero puso el punto de partida para ulteriores teorías mucho más ajustadas a la realidad y verosímiles que empezara a consolidarse a inicios del siglo XX, rompiendo la creencia de que las características adquiridas en la percepción del color son hereditarias. Por tanto, de nuevo surge una pregunta obvia: ¿Están los conceptos del color directamente determinados por la naturaleza de nuestra anatomía, tal y como defendían Gladstone, Geiger y Magnus, o por el contrario son meras convenciones culturales?

La nueva corriente de pensamiento afirmaba que lo único que explicaba las deficiencias de percepción cromática en los antiguos eran las imperfecciones de la lengua (recuerden por favor el universo panlingüístico de Wittgenstein y su derivación directa en el mundo de la cultura y en especial de las bellas artes). El filósofo Franz Delitzsch, aseguró en 1880 que el hombre no ve con dos ojos, sino con un tercero que es el ojo de la mente, y es el ojo en donde tiene lugar el progresivo desarrollo histórico y cultural del sentido del color. Por un momento nos podemos imaginar qué clase de tercer ojo podrían tener los grandes genios del arte en todas sus manifestaciones.

Conviene no detenernos. A principios del XX, los herederos del darwinismo comienzan a estudiar a las tribus alejadas de nuestra civilización occidental, mucho más primitivos técnicamente y con muy diferentes concepciones del sentido y de la percepción visual. Estos estudiosos observan como muchas tribus africanas y de Oceanía adolecen de los mismos problemas perceptivos de los antiguos ya descritos anteriormente. El considerado como el Galileo de la antropología W.H.R. Rivers, psiquiatra y naturalista a tiempo completo, trazó los límites entre los aspectos adquiridos y los innatos del comportamiento humano y estableció relación directa entre la visión cromática y su vocabulario, es decir, si había relación directa con la capacidad de expresar dichos colores con sus herramientas lingüísticas. Vio como las descripciones de los indígenas eran vagas y difusas, en donde nuevamente el blanco, el negro y el rojo eran los colores predominantes en casi todas las descripciones de objetos. Aún así no encontró ningún caso de daltonismo. La conclusión era clara (de nuevo Wittgenstein), los seres humanos pueden ver los colores con todos sus matices, pero pueden carecer de nombres para expresarlos, es decir, son las convenciones culturales las que juegan un papel determinante en el desarrollo de las percepciones cromáticas de los individuos y no los condicionantes biológicos. Predomina una escasez manifiesta de vocabulario para expresar la variedad del universo color. Recapitulando: los antiguos veían los colores como nosotros y las diferencias en el vocabulario del color solo reflejan los avances culturales y no biológicos, insertándose progresivamente en las capacidades de generación de pensamiento.

El año 1969 será fundamental en el estudio del color. Los científicos Berlin y Kay publican un libro cenital: Universalidad de los colores básicos. Para muchos el inicio más serio del estudio de la percepción cromática. Esta nueva antropología invita a que cada civilización y estructura humana sea estudiada y considerada como tal, sin confrontarla con ninguna otra, especialmente con la llamada civilización occidental, avanzada cultural y técnicamente por encima del resto. Cada civilización es producto de su propia evolución, comienza y se detiene en una misma, en donde los procesos cerebrales básicos son iguales en todas las razas, aunque difieran en la gradación entre los distintos individuos. Describen que las palabras que describen los colores no eran arbitrarias sino que adquieren un orden predecible y que se determinan casi secuencialmente. Otra vez nos acercamos más a la naturaleza que a la cultura. Aparece la teoría de los focos cromáticos que postula que la naturaleza nos dio nuestros colores primarios. Este foco es el tono concreto que consideramos el mejor ejemplo de cada color. Por favor, por un momento imaginemos el foco cromático de cada gran maestro de la pintura, casi como una revelación casi poética, mística en algunos casos, tan personal e irrepetible como llena de matices milimétricos que separan a cada artista el uno del otro, en donde cada artista tendrá su foco cromático de referencia. A mi juicio una bellísima teoría hipotética fundada en los cimientos de la realidad científica, de la literalidad de las investigaciones antropológicas, una mezcla entre la literatura borgiana o calvinista (de Italo), y los estudios biológicos más avanzados. Prosigamos. Estos científicos concluyeron que los focos eran constantes universales de la especie humana determinadas biológicamente con independencia de la cultura. Los términos del color eran universales.

Pero esta teoría se fue matizando poco a poco, según las lenguas se iban escrutando con los avances exegéticos y de análisis, llegándose a la conclusión de que tanto la naturaleza como los condicionantes culturales destacan la secuencialidad de los colores (blanco, negro y rojo, seguido del amarillo y el verde, apareciendo por último el azul, acordémonos de las descripciones del mar de Homero y sus contemporáneos). Vemos por tanto que Gladstone no iba desencaminado en absoluto en algunas de sus intuiciones pioneras sobre las concepciones cromáticas.

Recordemos la obra 1984 de Orwell en la que defiende que los dirigentes políticos tienen tanta fe en el poder del lenguaje que están seguros de que podría acabarse con los disidentes si fuera posible suprimir del vocabulario determinadas palabras críticas u ofensivas.

Vayamos concluyendo. A pesar de todo, debería estar a estas alturas claro, que la ausencia de términos para designar conceptos no lleva a que sus hablantes no puedan comprender ni asimilar dichos conceptos. Los mecanismos gramaticales pueden llegar hasta los mecanismos de la mente que están detrás de la gramática, de la sintaxis, del estilo, del talento, de la genialidad, de la originalidad. Actualmente parece ya admitido universalmente que los circuitos visuales de la percepción cromática preguntan a los circuitos del lenguaje para recibir ayuda en las lagunas que puedan ir produciéndose, incluso si el habla no está implicada. La búsqueda del color está implicada en la búsqueda de los términos que los definen (neurofisiología). La lengua afecta a nuestra percepción visual. La sensación del color se produce en el cerebro y no en el ojo. Otra bella metáfora de lo que debe ser la recepción y contemplación del arte como espectadores educados tras siglos de evolución cultural (aunque a veces parezca mentira, claro).

El excelente lingüista Deutscher concluye que está demostrado que aspectos fundamentales de nuestro pensamiento están influenciados por los convencionalismos culturales de nuestra sociedad y el color es un ejemplo, en donde lo natural depende de las convenciones con las que nos hayamos criado.

Y no olvidemos algo, que el color es herramienta principalísima de las bellas artes y que su definición es maravillosamente inaprensible, inalcanzable, sometida como hemos vistos a decenas de variables, unas científicas y otras culturales, plagadas de intuiciones y recuerdos que el cerebro utiliza para percibir una de las maravillas del mundo: el color.

 

Diego Casillas       Editor de Millennialsart.com

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