Como si de una performance del shock-art se tratara o de una representación escénica de  microteatro, un hombre joven con traje oscuro y armado con una pistola reivindica su acción asesina mientras el embajador ruso Karlov yace en el suelo. El atacante, turco, disparó al diplomático mientras este inauguraba la exposición fotográficaRussia Trough Turks´Eyes en un céntrico barrio de Ankara. Las paredes blancas y las fotografías enmarcadas que cuelgan de ellas son testigos de una acción que ha producido un escalofrío en todos los centros de poder del mundo.  Una vez más el terror y la violencia han vuelto a las salas de arte.

Lejos de constituir un hecho aislado, estas acciones se han repetido una y otra vez en las salas de los museos y las exposiciones. Diversos tipos de violencia hemos podido contemplar bajo las cuatro paredes de las salas. Atentados terroristas, agresiones sobre personas y sobre las propias obras de arte allí expuestas, centros artísticos bombardeados en contiendas bélicas. Ni la magnificencia de las obras de arte, patrimonio global del género humano, se ha visto libre de la acción destructiva del hombre. Tal vez porque el contraste de esas producciones con la lacra de la violencia las convierte en principal eje potenciador de cualquier acto de esta naturaleza. Qué mejor que un entorno de arte y cultura para amplificar infinitamente la acción destructora, la maldad en estado puro. Quizá el lugar sea una simple casualidad, el sitio elegido porque el atacante encontró mayor acceso y facilidad para agredir a su objetivo, como en otros casos en los que la finalidad es el grupo de turistas que se arremolinan en torno a las obras de arte expuestas en un museo. Pero igual podría haber sucedido en un mercado, en una discoteca o en el cine. La mentalidad del asesino suele ser inescrutable.

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La aparición del terrorismo islámico ha propiciado que durante estos últimos años las salas de arte hayan sido objetivo primordial de su fanatismo. Por ejemplo el atentado suicida que arrasó en enero de 2014 el Museo de Arte Islámico de el Cairo, uno de los centros de arte musulmán más importantes del mundo. Un atentado que segó la vida de cuatro personas y setenta heridos, donde la onda expansiva arrancó su fachada y destrozó vitrinas que exhibían más de dos mil joyas de la religión de Mahoma llegadas de todo el mundo, una colección irremplazable. Pero no fue la primera vez que el patrimonio egipcio es atacado de forma brutal. En 2011, tras una de las jornadas más sangrientas de la revolución, el museo de Antigüedades del centro de El Cairo -la mayor colección de arte faraónico del mundo- pereció ante la rapiña de la multitud en donde 50 piezas fueron esquilmadas.

En el año 2015 el Estado Islámico reivindicó la autoría del atentado suicida en el museo del Bardo de Túnez, cuyo resultado fue el de 13 personas muertas y docenas de heridos. En el museo, 19 turistas extranjeros, tres tunecinos y los dos atacantes resultaron muertos. Los turistas fueron atacados cuando estaban saliendo del autobús para entrar en el complejo del Museo Nacional del Bardo. El asedio duró tres horas y fueron tomados como rehenes un gran número de visitantes. También puede considerarse como sala de arte el propio taller o estudio en donde los artistas, en este caso dibujantes, desarrollan sus producciones. Nos referimos a la sede en donde la revista satírica francesa Charlie Hebdo fue el lugar en donde fueron asesinados a sangre fría gran parte del staff creativo de la revista por dos terroristas islámicos. Y más recientemente la artista norteamericana Ilma Gore sufrió un brutal ataque por parte de unos seguidores iracundos de Trump ante un retrato nada condescendiente del que por entonces era candidato a la presidencia de los Estados Unidos.

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Pero también el objeto a destruir puede ser la propia obra de arte, como las estatuas asirias del siglo IX en el museo de Nínive, Mosul, en la que fueron destrozadas por el ISIS. Un vídeo de cinco minutos mostró a los miembros del autodenominado Estado Islámico lanzando las estatuas contra el suelo, pulverizándolas a golpe de maza o utilizando una radial para borrar sus rostros. Ejemplos de este frenesí destructor hemos tenido muchos ejemplos en Afganistán e Iraq, miles de piezas de valor incalculable se han perdido para siempre.

En nuestro entorno occidental las agresiones a obras de gran relevancia histórica han proliferado. La Gioconda de Leonardo, en 1956, sufrió un ataque por parte de una desequilibrada mental, la Piedad de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro en 1972 sufrió el devastador efecto de unos martillazos, la obra más importante de Rembrandt, La Ronda de Noche fue atacada tres veces en el Rijksmuseum (1911, 1975, 1990), la Venus del espejo de Velázquez fue triplemente acuchillada en la National Gallery de Londres en el año 1914, Black on Maroon, de Rothko en 2012 sufrió un ataque en la Tate Modern de Londres, la escultura Vagina, del artista angloindio Kapoor, fue maltratada en los jardines del Palacio de Versalles en 2013, y hasta la célebre Sirenita, de Copenhague, ha tenido que ser reubicada para evitar los constantes actos vandálicos a los que ha sido sometida. Desequilibrados, artistas desconocidos y acomplejados, activistas y reivindicadores, vagabundos, tipos melancólicos o simplemente gamberros, han sido los principales actores de estos actos vandálicos que han acompañado la historia de determinadas obras de arte.

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Continuamente estamos siendo bombardeados por imágenes violentas, crueles, sádicas. Para el catedrático de Historia del Arte Contemporáneo Valeriano Bozal “La violencia tiene un carácter destructivo, destruye objetos, personas, colectividades… y corremos el riesgo de eliminar ese carácter negativo en su representación… si yo convierto la violencia en fuegos artificiales, en un espectáculo, en ese momento, el aspecto básico y fundamental de la violencia que es, el aspecto destructivo desaparece y nos quedamos en esa capa de movimientos agitados de personas, objetos” En resumen, estamos viviendo un proceso de estetización de la violencia. Por eso tiene tanta audiencia, por eso existe un componente patológico de quienes disfrutan con la visión de la violencia. Y con los que la ejercen. Qué mejor que utilizar como escenografía de estos repugnantes crímenes los lugares en donde se concentra tanta belleza, o tanta excelencia creativa que, como consenso universal, nos hace mejores como seres humanos y por tanto, nos hace ser incompatibles con cualquier acto violento.