La muestra, que se exhibe en las salas A y B de edificio Jerónimos, tiene un carácter rigurosamente excepcional e irrepetible, ya que recorre las diversas etapas de la producción del artista catalán como pintor, acuarelista, dibujante y grabador e incluye, como novedad relevante, su faceta como coleccionista de antigüedades, en íntima relación con la búsqueda de las calidades, el color y la luz en sus pinturas.

Así, se han reunido 169 obras, una treintena de ellas de la excelente colección del Prado y el resto de grandes colecciones y museos de Europa y Estados Unidos que en raras ocasiones han salido de sus lugares de procedencia, y de otras particulares. 67 de estas obras no habían sido nunca expuestas fuera de sus colecciones y museos de procedencia, siendo 12 de ellas totalmente inéditas hasta el momento. Además, en el catálogo se reproducen casi 400 imágenes, 70 de ellas por vez primera.

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La exposición, comisariada por Javier Barón, jefe de Conservación de pintura del siglo XIX, se estructura en un recorrido articulado de forma cronológica por las aportaciones de Fortuny como pintor, acuarelista, dibujante y grabador. Junto a ellas se exhiben ejemplos de la extraordinaria colección de antigüedades que atesoraba en su atelier: preciosos objetos, algunos de ellos conservados hoy en las más importantes colecciones arqueológicas del mundo, que demuestran su interés por la observación detenida y explican el extremado refinamiento en la captación de las calidades, el color y la luz en sus propias creaciones artísticas y el asombroso virtuosismo de sus obra, que extendieron rápidamente su fama entre los grandes coleccionistas de Europa y Estados Unidos.

La primera sección de la exposición, dedicada a su formación en Roma, incluye ya ejemplos de madurez tanto en sus academias a lápiz como en sus trabajos a la acuarela (Il contino) y al óleo (Odalisca). Si bien se trasladó a África para pintar los episodios de la guerra hispanomarroquí (La batalla de Wad-Ras), le atrajeron en cambio los tipos árabes y sus costumbres (Fantasía árabe), que nutrirían toda su carrera posterior y confirieron singularidad a su aportación al orientalismo europeo.

Entre 1863 y 1868 abordó el retrato (Mirope Savati, no expuesto antes en Europa), el gran cuadro decorativo (La reina María Cristina y su hija la reina Isabel pasando revista a las baterías de artillería, mostrado ahora en su posición original) y las copias de maestros del Prado (el Greco, Ribera, Velázquez y Goya), que contribuyeron a dar a su arte mayor profundidad y alcance. Su obra triunfó en los años finales de la década de 1860 a través de óleos y acuarelas de motivos del siglo XVIII (El aficionado a las estampas y La vicaría) y árabes (Jefe árabe, Un marroquí, El vendedor de tapices, Calle de Tánger y El fumador de opio). Esta última vertiente tuvo un desarrollo especial durante su estancia en Granada entre 1870 y 1872. Allí también abordó escenas de género en marcos arquitectónicos compuestos (Pasatiempos de hijosdalgos, Almuerzo en la Alhambra y Ayuntamiento viejo de Granada). La mayor novedad deriva de sus trabajos del natural ante objetos, figuras (Viejo desnudo al sol), jardines y paisajes tanto al óleo como a la acuarela, la tinta y el lápiz. Obras como La Carrera del Darro, nunca vista fuera del British Museum, revelan su capacidad para la captación del ambiente con un color nuevo y fresco. De vuelta a Roma, en 1873 trató los temas árabes con una ejecución más sintética (Árabe apoyado en un tapiz y Fantasía árabe ante la puerta de Tánger), atendió a la vida cotidiana en Carnaval en el corso romano y en 1874 finalizó cuadros de género iniciados antes, como La elección de la modelo. En ese año una estancia en Portici supuso una inmersión en la naturaleza que le hizo plenamente consciente del color local y de las sombras coloreadas en sus pinturas de desnudos de niños en la playa, de los que se incluye un grupo de cuatro, dos de ellos inéditos, y en sus paisajes, como Calle de Granatello en Portici y Paisaje napolitano, recién adquirido por el Prado. Su trabajo a la acuarela dio entonces sus mejores frutos en los dos ejemplos de Paisaje de Portici –uno presentado por vez primera– y en sus retratos de Cecilia de Madrazo y Emma Zaragoza.

Fortuny, nacido en Reus en 1838 y fallecido en Roma en 1874,  fue el artista español del siglo XIX con mayor proyección internacional. Su temprano descubrimiento de la luz y el color en los amplios espacios del norte de África impulsó su pintura hacia la captación, libre de convenciones académicas, del natural. Por otra parte, su estudio de los maestros antiguos en Roma y en el Museo del Prado le permitió comprender en profundidad lo esencial de la pintura. El virtuosismo de su técnica, que conseguía reproducir con una intensidad visual nueva las calidades materiales, el color y el brillo de objetos y figuras, le granjeó el triunfo internacional a partir de 1869. Sus estancias en Granada (1870-72) y en Portici, cerca de Nápoles (1874), le llevaron a nuevos hallazgos en la representación de las figuras al aire libre y a asimilar con una originalidad propia diversas influencias, entre ellas la del arte japonés, en las diferentes técnicas que cultivó. Su aportación a la acuarela, la más sobresaliente de su tiempo, estuvo en la base de la renovación de esta técnica en España, Italia y Francia, y la trató con una nueva libertad de trazo y con un cromatismo intenso. Como dibujante captó con trazos precisos, inmediatos y elocuentes el carácter de cuanto veía. Su novedoso acercamiento al aguafuerte, a través de un trabajo muy atento a los matices y valores de la luz, lo convierte en el mejor grabador de la centuria después de Goya. Finalmente, su actividad como coleccionista, dotado de un ojo prodigioso, le permitió reunir un conjunto extraordinario de obras entre las que destacan las hispanomusulmanas, que fueron una fuente de sugestiones para sus propios cuadros. Instaladas en su atelier junto a sus pinturas, estas obras formaron un ámbito estético que reunía el arte del pasado con la creación viva en un nuevo concepto de estudio, cercano a la obra de arte total, que fue un modelo para sus seguidores.

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