De unos años acá, la figura del curador se ha vuelto imprescindible en museos, bienales y galerías, donde logró ubicarse en el centro de la escena, desplazando en algunos casos incluso a los artistas. Prescriptor de tendencias y narrativas, hoy tiene un poder que jamás hubiera imaginado años atrás, pero también responsabilidades y una visibilidad que lo colocan en el centro del panorama.

Su explosión llega a mediados de los años 90, porque hasta esa fecha el curador ocupaba un lugar subalterno, vinculado con temas administrativos y logísticos más que con los creativos. La proliferación de salas de arte y exposiciones le dieron un lugar mucho más preponderante.

Ese recorrido del curador corre, quizá paralelo, al del director de escena operístico, una profesión que hace un par de décadas apenas tenía relevancia en el mundo de la ópera y que actualmente es decisiva para que una representación musical de este tipo tenga éxito, ya que a veces, el director de escena encabeza los créditos por encima de cantantes y músicos. La aclamada soprano rumana Ileana Cotrubas puso el dedo en la llaga cuando se confesaba “rabiosa y triste” ante lo que ella denominaba “la dictadura” de los directores de escena, a los que tildó de “parásitos” y a quienes reprochó que usan a los cantantes como “marionetas” y les “destruyen el alma, hacen lo que quieren, cortan y recortan por donde quieren y al final hacen verdaderas porquerías. Si los cantantes no se preparan para luchar contra esto, en diez años no habrá ópera”, aseguró la soprano. También la rumana cargó contra determinados políticos “Que hoy en día un político pueda ir a un director de teatro para decirle que haga una determinada producción es terrible. Culturalmente vamos camino de convertirnos en animales”, dijo con absoluta convicción. Pero esto es harina de otro costal que convendría analizar más detenidamente.

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Comprendiendo que curadores y directores de escena desarrollan actividades de diferente índole, sí que podemos apreciar algunas similitudes que están siendo criticadas y puestas en tela de juicio por aquellos que consideran excesivo su protagonismo. Su tutela “intelectual” sobre programadores y artistas resulta a veces exasperante, pero por el contrario, en algunos casos esa misma tutela convierte las exposiciones y eventos en algo digerible y coherente, un discurso organizado y narrativamente bien explicado.

Pero ¿qué es y qué hace un curador? En una primera aproximación, el término (proviene del inglés curator), define a la persona que piensa, imagina, coordina y desarrolla una exposición, quien la viste de su propia personalidad y le define como organizador de un acto que puede llegar a ser muy complicado, convirtiéndose –es lo deseable- en el primer aliado del artista. Su capacidad inspiradora debe ser capaz de transformar ideas y propuestas en una experiencia artística de primer nivel para los diferentes agentes que conforman el sector del arte. Es decir, debe ser un excelente planificador.

Su consideración como nuevas estrellas del circo artístico les ha originado numerosas críticas, como aquéllas que les acusan de manipular a los artistas en la promesa de alcanzar los retos de una futura carrera gracias a su participación, de comprometer la propia personalidad del artista haciéndole coincidir con la suya propia, de sus deseos y preferencias, de ser remunerados con cantidades económicas que el artista ni sueña en conseguir, de extorsionar a artistas y programadores imponiendo unas condiciones de difícil cumplimiento y poder llegar a destruir la carrera del artista o de una institución. Además, no están exentas las que aseguran que los intereses económicos del curador se anteponen a los de la institución que representa.

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La curaduría en el campo artístico es una disciplina relativamente reciente que se ha convertido en un acto de creación, por eso las preguntas nos surgen enseguida,  ¿puede un acto de creación oscurecer, eclipsar o perturbar el acto creativo del artista? ¿El curador es un artista o quiere pasar por él? Muchos de ellos han opinado en público que lo suyo es un ejercicio creativo –nunca han afirmado lo contrario- a partir del trabajo de los artistas. Pero esa afirmación deviene en munición para los críticos. O se es artista o se es curador, pero ambas cosas no. Uno no puede esconderse tras la obra de nadie y mucho menos confundirse en todos los roles aspectos fronterizos del arte.

El trabajo de la curaduría requiere un trabajo exhaustivo de planificación, de erudición rigurosa y de un conocimiento cuasi científico del medio, un dominio técnico que proviene de los comisarios o conservadores, los cuales se dedicaban a gestionar y racionalizar los fondos que iban a exponerse en las instituciones.  La diferencia con los curadores de hoy es que éstos se han convertido en una marca, que incluso se impulsan sobre los museos e instituciones a los cuales deben servir y representar y que le roban protagonismo al artista.

La labor de mediador entre artista, público y espacio de exposición es a nuestro juicio la labor principal de curador. Su compromiso entre los conceptos y la ejecución de los mismos es lo que puede determinar el éxito o fracaso de una muestra. La clave está en el diálogo permanente entre curador y artista, explorar juntos todos los significados de la obra y hacerla accesible y de modo inteligente al público, subordinándose al rol de potenciador de la carrera del artista y de la reputación de la institución que exhibe. Por eso la implicación del curador en el proyecto debe ser total, debe creer sin ambages en él para obtener un resultado de absoluta calidad. Y su conocimiento socio cultural de la época tenderá a ser determinante para la contextualización adecuada de la exposición para generar entornos adecuados para la comprensión de la exposición. De ahí emana su principal autoridad. De ahí y de su solvente y sólida formación intelectual y profesional, multidisciplinar. Ninguna materia debe ser ajena a su conocimiento. Porque en muchos casos tendrá que explicar la obra y convertirse en un traductor del sentido que el artista proyecta en ella, especialmente en el arte conceptual. El será el encargado de representar a su institución en los medios de comunicación y ante la sociedad, en muchos casos la imagen de la misma, por lo que tendrá que ser respetuoso con la imagen que ésta proyecta y por lo que es conocida, lo cual no quiere decir que pueda arriesgarse a acometer empresas valientes e innovadoras que ayuden a las entidades a incorporarse a los nuevos retos y adecuarse a las nuevas corrientes artísticas. Es decir, se trata de servir al público con una tarea de investigación profunda y honesta, dejando de lado los efectismos y  la promiscuidad de las relaciones sociales que pueden desvirtuar el mensaje del artista, la difusión del conocimiento del arte y su excelencia a la sociedad.

Recapitulando, en nuestra opinión, la actividad del curador ha de centrarse en dotar de lógica a las exposiciones, de contextualizar con inteligencia y rigor a los montajes, a la propia investigación que responda adecuadamente al por qué y al cómo de las obras para relacionarlas con la historia del arte, la filosofía y hasta la política, en pos de conferir una adecuada orientación que el artista no podría hacer solo por ser juez y parte y estar demasiado centrado en su propia labor creativa. Subordinar su amplia erudición y buen hacer a la obra del artista, pero sin perder la autoridad que le confiere su solvencia intelectual para, llegado el caso, aconsejar al autor a adoptar determinadas posesiones por el bien de la propia comprensión y percepción del evento. A nuestro juicio eso es honestidad intelectual y una de las mayores virtudes que debe de acompañar la figura de este profesional.

Y es que existe el riesgo de que dentro de muy poco podamos asistir, en una sala de exposiciones, a una performance al estilo Joseph Beuys, en el que un curador realice su labor curatorial rodeado de público que finalice su contemplación con un gran aplauso.