Dentro de unos días se inaugurará la edición 2017 de la Bienal de Venecia, la más importante bienal mundial, una cita inexcusable del arte contemporáneo, en donde el arte, el glamur y los negocios en diferido, están presentes por todos los rincones privilegiados de la ciudad veneciana. Se trata de una gigantesca exhibición que intenta captar un momento artístico global. Una muestra gigantesca que es organizada por una ciudad, mejor dicho, por todo un país. Venecia, Sao Paulo y Kassel son las tres más relevantes en la actualidad, aunque ciudades como Sidney, La Habana, Shangai y Moscú han celebrado algunas de gran interés y desarrollo. En ellas convicen centenares de muestras paralelas, unas subordinadas  a las otras o de forma independiente, oficiales, no oficiales, eventos públicos y privados, en donde artistas, galeristas, curadores, periodistas, directores de museos,  aficionados y coleccionistas circulan de sala en sala y de acto en acto.

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En las bienales, la función de los curadores es importante, ya que redirigen la observación del observador a través de su propia mirada, de su desarrollo intelectual, acercando las obras de manera que produzcan una experiencia más completa, más óptima y contextualizada, generando espacios de significado comunes y compartidos con el público para que todo tenga un porqué.

Una bienal ha de saber captar el espíritu de una época. Y en eso el curador ha de ser maestro, responsable y razonable, alejado del aura de estrella que las nuevas prescripciones le otorgan. Ha de ser un investigador del arte, de la sociología y, tal vez, de la política de su tiempo

En las bienales se descubre talento –aún- e intercambios entre todos los agentes que componen el panorama del arte contemporáneo. Por eso, para muchos, las bienales han de ser incorrectas y divertidas, nunca han de reproducir consensos establecidos, audacia para todos los gustos y para ninguno en particular. El curador Tom Griffin advirtió que “la bienal ha de resistir el culto al último grito”. Para otros el nacionalismo que siempre se observa en los pabellones nacionales es positivo, para otros cualquier manifestación nacionalista no es más que un chauvinismo trasnochado, aunque sea en arte.

A pesar de que en teoría en las bienales no se puede vender, en la mayoría de los pabellones nacionales están los marchantes o galeristas que representan los artistas expuestos, por eso ellos financian el traslado y eventos propios de la bienal. A pesar de todo, el protagonismo, al menos administrativo corre a cargo de cada país, que debe definir el modus operandi que cada artista seleccionado ha de tener en cada pabellón, determinando en mayor o menor medida los contenidos. Mención aparte merece la elaboración del pabellón de cada país, en donde la iniciativa pública puede verse mezclada con la privada. En muchos casos, lo único que queda para el recuerdo es el pabellón, por encima de la obra que se encuentra expuesta en él. Los pabellones nacionales han sido desde siempre fuente de orgullo para los países participantes; una manifestación más de que la línea entre arte y entretenimiento es cada vez más difusa, quizá por ello una buena bienal ha de dar rigor intelectual a la heterogeneidad, sino no se trataría más que de un bazar poblado con ocurrencias dispares de diferentes calidades y relevancias. A pesar de todo, una plataforma como una bienal puede destrozar la reputación de un artista, especialmente emergente, o un comisario, o de una ciudad entera.

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Hoy en día, las bienales son el escaparate internacional para el arte contemporáneo, una plataforma estupenda sin ánimo de lucro, para consolidarse como artista, pero también el punto de encuentro entre artistas, críticos, curadores, coleccionistas y marchantes de arte.  Estos eventos se han convertido en puntos de atracción turística, y una fuente de ingresos para las ciudades en donde se llevan a cabo (más de 100 bienales en todo el mundo). Su finalidad debería ser la de promover la diversidad en el ejercicio del pensamiento crítico, en resumen, un espacio plural, en donde se muestran las propuestas artísticas más actuales de cada uno de los países participantes y potenciar, por supuesto, la ciudad donde se realiza.

En 1855, el alcalde de Venecia, propuso la primera exhibición de arte a gran escala sin fines de lucro no organizada por coleccionistas, mecenas ni por una institución cultural, sino por la ciudad cuyo nombre adopta. A partir de la Bienal veneciana, siguieron su modelo: en 1951, San Pablo; en 1959, André Malraux crea la Bienal de París, y así hasta hoy. A partir del  fin del siglo pasado, la globalización hace repensar la temporalidad y las migraciones, el arte y la política, una reasignación de las estructuras de poder del mundo de la cultura. Desde una bienal se puede repensar los cuestionamientos sociales. Ya no hay fuerzas motrices periféricas de escala menor que nunca acaban por integrarse en el foco irradiador del occidente que prescribe, cada sitio es un dinamizador de sentido que indaga en busca de respuestas. El multiculturalismo en el mundo académico vinculado con el arte. Incluyó a artistas de todo el mundo, pluralidad que le otorga un aura festiva; también legitima la corrección política que reclama una participación más inclusiva de artistas cuyo origen no está anclado en las ciudades centrales del mundo occidental.

Los avances tecnológicos promueven la facilidad y la rapidez de las comunicaciones y los desplazamientos de las obras, los artistas y los especialistas, el incremento del turismo cultural se convierte en el mejor aliado del arte contemporáneo.

Parece que hoy el arte es la excusa para utilizar el ipad y gestionar desde un starbucks un billete de avión, hotel y entrada al recinto de la bienal.

A esto se suman las nuevas audiencias, menos informadas pero más activas y demandantes. Más que cualquier otro modo de producción cultural o institucional, las bienales están abiertas al público. La bienal consigue legitimar a los artistas, incluidos aquéllos que suelen trabajar en territorios fronterizos del status quo del arte, hace que los museos y coleccionistas adquieran su obra. Sin duda, el gran desarrollo de las bienales en las dos últimas décadas, se constituye como afortunado contrapeso de las tendencias hegemónica, abandonando el vetusto modelo centralizador  y establecer vínculos entre ciudades de todo el mundo.