Como afirmaba el Maestro –con mayúscula- José Guimón, catedrático de Psiquiatría de la Universidad del País Vasco, y uno de los mejores especialistas sobre la relación de la psique y el arte en todas sus manifestaciones, “Ya Aristóteles señalaba la existencia de una indudable relación entre genialidad y locura, y Sigmund Freud se preguntó también por las razones que explican que algunas personas privilegiadas tengan el don de la creatividad. El psiquiatra vienés escribió obras importantísimas en las que abordó por extenso el proceso creativo, pero concluyó que no se trataba de una cuestión que el psicoanálisis pudiera contestar”.

Durante ese tiempo, la psiquiatría ha evolucionado y, gracias a investigaciones empíricas que han tenido lugar sobre todo en los últimos 40, está en disposición de responder a bastantes de las preguntas que se planteaba Freud y que en todos los siglos se han formulado filósofos y literatos, por medio de las cuales estamos en condiciones de responder a una serie de preguntas que relacionan arte, pintura y psiquiatría. Para Guimón, la pintura encierra un gran valor homeostático, como aglutinador de  “equilibrio”, y la pintura es, a su juicio, un poderoso guardador de la homeostasis.

Guimón parte de la idea de que la angustia del hombre puede ser dulcificada por la pintura–como ayuda la religión– y ayudar a embellecer el entorno en el que esos ritos ayudan a la cohesión social. Ahora bien, ¿hasta qué punto en nuestra sociedad agnóstica, desacralizada –o aparentemente desacralizada–, el arte sigue desempeñando esa función espiritual? Los ritos han dejado paso a la publicidad, a los museos, a las revistas de lujo y consumo e incluso los tatuajes. Las modas están impregnadas de la pintura y el arte contemporáneo, por lo que parece que el mensaje y el acompañamiento son semejantes, advierte Guimón.
de Kooning, Willem

En algún artículo que publicamos en este medio hemos hablado de las presuntas características psicobiológicas de los artistas (¿Eran los antepasados de Van Gogh daltónicos?). Guimón se pregunta si los artistas son genios –o monstruos– que reúnen unas dotes particularmente extraordinarias, y si son éstas heredadas, o adquiridas. Desde los años 60 se han desarrollado investigaciones muy importantes que demuestran a las claras la herencia de las capacidades artísticas. En uno de esos estudios se demostró que es muchísimo más frecuente estadísticamente la presencia de familiares con patologías de alcoholismo y de depresión, sobre todo en los escritores. Se comparó patología con creatividad. Comprobaron, de nuevo, la relación entre patología y creatividad y el resultado dio positivo. Por consiguiente, existe indudablemente una herencia de la tendencia al arte y de las capacidades para ello, como se sabía que sucedía con la inteligencia y con otras características físicas. Todo esto significa que cada ser humano –y especialmente los artistas– tiene una reactividad muy diferente al color, a la forma y al movimiento. En ocasiones también se ha visto clarísimamente que hay más enfermos mentales entre los artistas pintores. En un reciente trabajo de investigación se hacen públicos distintos casos de sujetos que, no habiendo pintado nunca, después de sufrir trombosis cerebrales frontales izquierdas comenzaron a pintar de una manera compulsiva y con calidad en la forma y en lo pictórico, incluso alguno de ellos llegando a exponer a edad madura.

Guimón dice que parece ser que la ausencia de ansiedad no conduce a crear arte, también parece ser cierto que, para obtener una cierta tensión creativa, hace falta una cierta reverberación de unos circuitos cerebrales que tienen que ver con la ansiedad y la depresión

Es decir, intervienen los mismos circuitos cuyo equilibrio está desarreglado en los trastornos depresivos y en los trastornos psicóticos. Frecuentemente, los artistas sufren pequeños grados de desequilibrio de esos neurotransmisores que les inclinan a crear; y, si no los tienen, se los buscan con drogas, insomnio o una vida agitada y tormentosa. Entonces la creatividad les calma y les relaja, y disminuye su ansiedad o depresión; y ese desequilibrio les produce un nuevo arreglo homeostático. Sabido es que la enfermedad de Alzheimer destruye la personalidad y trastorna todas las actividades cerebrales. El famoso pintor Willem de Kooning, uno de los grandes expresionistas norteamericanos, atesora cuadros excelentes y una producción muy parca porque era tan perfeccionista que trabajaba durante meses en cada cuadro. Llegó a ser uno de los quince mejores artistas según las grandes revistas internacionales, pero padeció Alzheimer. A los setenta años, tras dos años de sequía creativa, empezó a pintar de forma distinta. Tras su tratamiento empezó a crear enormes cuadros en tan grandes cantidades (más de doscientos en un año), que inundó el mercado del arte durante los tres últimos años de vida, mientras que antes de la enfermedad, paradójicamente, le costaba meses enteros pintar uno solo. Quizá la calidad de esta pintura última no iguala a la anterior, pero la desestructuración del Alzheimer permitió una hiperproductividad.

En cuanto a los trastornos psicóticos, la despersonalización es un fenómeno que todos hemos vivido en algún momento determinado. Por ejemplo, al entrar en un lugar nos ha parecido que el sitio nos sonaba de algo, que habíamos estado allí antes; o hemos asegurado ante una melodía que escuchábamos que esa canción nos sonaba, o que conocíamos a determinado personaje sin que jamás lo hubiéramos visto; o nos hemos mirado al espejo y hemos dicho “no me conozco, qué extraño estoy”.
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Todo ello constituye faltas de percepción. Despersonalización y desrealización son fenómenos caracterizados por creer que se conoce (o no) lo que no se conoce (o sí). Son fenómenos que todos sentimos en algún momento (por cansancio, por ejemplo); que sufren más los epilépticos; y que experimentan algunas personas llamadas “esquizoides”, sujetos que tienen tendencia no a la esquizofrenia, pero sí a algo parecido. Hay personas que vagan en un mundo irreal, en un mundo semejante al nuestro. A ese fenómeno se le ha dado en España el nombre –a mi juicio no muy adecuado– de “lo siniestro”, algo parecido a la extraña sensación que tiene uno cuando lee la obra de Kafka –que era un esquizoide– o los poemas de Lautréamount, o cuando contempla la obra del italiano Giorgio de Chirico. En concreto, de Chirico –un aristócrata que desde niño fue un hipocondríaco, padeció trastornos digestivos y estuvo muy apegado a su madre– sufrió un internamiento por psicosis cuando tuvo que ir al servicio militar. Instalado en París, se convirtió en el ídolo de los surrealistas. De Chirico sufrió más tarde varios episodios psicóticos; se enfadó con André Breton; regresó a Italia; empezó a decir que la obra que había hecho durante diez años no era suya (tuvo una crisis de identidad); vivió solo; y murió en un hospital “como un loco”.

Van Gogh era un psicótico (probablemente sufría una psicosis esquizoafectiva) y también padecía episodios de inquietante extrañeza, si bien cuando ya se había sumido en la psicosis aguda realizó la producción que todos conocemos

Uno de los grandes surrealistas, el pintor y escritor Antonin Artaud, era también claramente psicótico y estuvo internado varias veces. La psicosis facilita en sus inicios la creatividad a los artistas, pero cuando la psicosis o la esquizofrenia se instauran, la calidad de la producción artística disminuye. A pesar de ello, sobre todo los surrealistas se interesaron por el arte de los locos, y visitaban los hospitales –donde entonces los enfermos mentales permanecían años y años–, hasta el punto de que se reunió una auténtica colección de arte psicopatológico que hoy día se conserva en Lausana. Algunos cuadros son de una producción muy rica y extraordinaria, pero en general, aunque son obras interesantes desde el punto de vista del diagnóstico, les falta algo especial y resultan repetitivos.

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En realidad, el campo que guarda más relación con la pintura es la depresión. El trastorno depresivo y la creatividad pictórica están claramente relacionados. Además de los tres trabajos estadísticos citados más arriba, existe un estudio muy interesante sobre los quince expresionistas abstractos de la escuela de Nueva York, que tanta importancia tuvieron para la historia del arte después de los surrealistas europeos y de Joan Miró –en quien tanto se inspiraron y que era un psicótico depresivo grave que confesaba que pintaba para salir de su estado de depresión–. De esos quince, consultando la biografía y cotejándola, se concluye que tres se suicidaron, siete estuvieron ingresados en el hospital psiquiátrico, seis sufrieron depresiones y cinco arrastraban problemas con el alcohol. Comparado con las estadísticas de la población, la diferencia resulta enorme.

Un ejemplo de estos extraordinarios artistas es Mark Rothko. Primero pintó de una forma impresionista y después pasó al cubismo. A sus treinta y pocos años murió su madre, se separó de su mujer, padeció una depresión y empezó a pintar los famosos cuadros basados en “los campos de color”. Siguió pintando y se hizo famosísimo, uno de los pintores más importantes del mundo. Sin embargo, a los sesenta años sufrió de nuevo una segunda ruptura matrimonial y una depresión muy grave que lo empujó al abuso del alcohol, las drogas y los tranquilizantes. Sufrió un problema vascular, le prohibieron crear cuadros grandes y empezó a pintar cuadros más tristes, con colores sombríos. Se suicidó. Otro ejemplo que ilustra este campo es la ansiedad mórbida con que se puede caracterizar la obra de Edvard Munch, el famoso autor de El grito, que también era un paciente psicótico.

Por último merece la pena reseñar la gran capacidad que tiene la realización de las obras de arte como elemento terapéutico que ayuda a equilibrar las tensiones psicológicas del individuo, y que entronca con las teorías freudianas sobre el genio matizada años después por Jung y su escuela. La explosión del genio se traduce en la ejecución de la obra, mientras que la propia obra ayuda al equilibrio mental del individuo: un camino de ida y vuelta. Una relación que existe sin duda, aparte de otras variables como el entorno socio-cultural y geográfico. Aún mucho camino por recorrer y al que volveremos aquí más tarde o más temprano.

El-grito