Según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del reciente mes de marzo, la corrupción ocupa el segundo lugar en la lista de problemas de los españoles, detrás del paro. Este dato es semejante a los resultados del último informe elaborado por la ONG Transparencia Internacional (TI), entidad de prestigio, para la que España es uno de los países del mundo en donde más ha aumentado la percepción de la corrupción durante el último año. Asimismo, para el Banco Mundial, la corrupción es el mayor obstáculo para el desarrollo económico y social de un país. Su ejercicio no sólo “menoscaba los recursos que el Estado utiliza para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos; también desincentiva la realización de inversiones, frena el desarrollo económico, perpetúa los niveles de pobreza y promueve la ineficiencia y la inestabilidad”. Pues bien, España está a la cabeza de Europa en blanqueo de capitales, el fraude a la Hacienda pública alcanza niveles colosales y la economía sumergida supone un cuarto del Producto Interior Bruto.

A lo largo del tiempo, las diferentes manifestaciones artísticas se han caracterizado por cuestionar la realidad política y social de la realidad que nos circunda. Los artistas se muestran sensibles ante la injusticia social y a un mundo objetivamente desigual y atravesado por la corrupción que beneficia a unos pocos y perjudica al resto.

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Existen disciplinas que conviven permanentemente con la denuncia, como el dibujo, la ilustración gráfica, el street art, el cine, la literatura y el teatro. Poco a poco, el arte contemporáneo es más susceptible de dirigir sus miradas hacia los cuestionamientos sociales y morales.

La corrupción, como elemento bien definido y uno de los principales generadores de desigualdad social e injusticia, se ha puesto en el foco de la creación artística, tanto como fuente inspiradora como de fin último de un acto comunicativo de denuncia.  Ya no se trata de generar espacios estéticos difusos en los que la metáfora artística presupone una crítica más o menos oculta que proviene de la psique del creador. Un objeto o una instalación determinada perfumaba nuestra intuición y advertíamos que tras ese trabajo subyacía una obra comprometida socialmente: una cabina telefónica, un historial médico lleno de preinscripciones de fármacos que colgaba de una pared, un resto de ropa a la deriva de un proceloso mar… Ahora ya la cuestión no es la forma, sino el fondo: se trata de retratar a los protagonistas de estos actos delictivos. El realismo descarnado como un fotomatón de los horrores, con más o menos ironía, pero sin distanciamiento. La corrupción y los corruptos no merecen tales disquisiciones. La narrativa plástica no debe convertir en bruma lo que es pornografía barata. Si existe el art shock porque no utilizar la realidad descarnada para alcanzar los fines propuestos que no son otros que los de despertarnos bruscamente de un sueño / pesadilla.

La exposición Querida Corrupción celebrada en el Espacio Trapézio en 2015 constituyó una buena muestra de ella. Se reunieron las obras de 15 artistas que hacen su peculiar homenaje irónico a la corrupción, como si una de las variables más definidas de la marca España mereciera ser inmortalizada en una sala de arte. Se trató de un proyecto expositivo comisariado por Enrique Miguélez y Daniel Silvo y promovido por una ONG cuyo objetivo es luchar contra la corrupción política y darla a conocer a la sociedad. Artistas como Julián Barón, Jose Dávila, Ugo Martínez Lázaro, Laura Tejedor o Cris Llanos, se les planteó una propuesta inicial clara y sencilla: ¿Qué os parecería realizar un retrato de un político corrupto? Cada artista tenía el nombre de un político sacado de una lista de condenados por corrupción. “Pero es en este sencillo proceder, donde reside la fuerza del proyecto, es en su evidente banalidad donde se refleja la veracidad de nuestra propuesta”, explicaron desde Espacio Trapézio.

Varios de los artistas coincidieron en afirmar que “se trataba  de crear un arte humano y comprometido. Aunque solo sea para que todos esos alcaldes, presidentes y concejales que aprovechan su estatus para actuar en su propio beneficio, aunque perjudiquen a los ciudadanos, se vean retratados y sientan vergüenza de sí mismos”.

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El arte ya no se maneja como algo abstracto y brumoso, sino como un arte a guisa de archivo documentado en donde los personajes aparecen reflejados ante su propio espejo y el de los demás, como una denuncia sistemática ante ciudadanos libres e informados que no se asusten ante las evidencias. El artista es un ciudadano hastiado que denuncia sin ambages con sus piezas, al igual que lo hace el escritor o el periodista. La corrupción va más allá de la idea de un chorizo que se lleva el dinero dice Carmen Paz, promotora de la ONG junto con Rafa Coello y Nahún Retamal. “El problema es que se quiebran los valores democráticos, se genera desconfianza en la política y se da al traste con la educación”. Personajes de la vida política española como Carlos Fabra, José Luis Baltar, Rafael Vera, Pujol. Matas, Isabel Pantoja o Jesús Gil entre otros, acaban siendo convertidos en obra de arte.

Los artistas buscan conseguir el hastío, la repugnancia, el desprestigio de los retratados que han logrado tambalear la confianza de los ciudadanos  través de la pintura, escultura, fotografía y soportes interactivos. El proyecto busca, a través de la estética y la política, un terreno común en la ética, que promueva un cambio duradero.

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A mediados del 2016 el colectivo Superflex expuso en Chile The corrupt show. Este grupo de artistas daneses es mundialmente reconocido por sus instalaciones, en las que invitan a cuestionar los modelos sociales, políticos y económicos actuales. Mostraron de forma muy brillante lo que es capaz de anunciar este maridaje crítico entre el talento artístico y el mundo soez del corrupto. Uno d elos artistas de la exposición Bjørn Christiansen explicó el objeto de Firmar un contrato a cambio de un dulce. “Pero no es cualquier contrato. En el documento, el visitante se compromete a participar en actividades corruptas –desde fraude, soborno y tráfico de influencias hasta malversación de fondos e incluso obstrucción a la justicia–, con el fin de amenazar la estabilidad y la seguridad de la sociedad, menoscabar las instituciones y los valores democráticos, éticos y de la justicia, poniendo en jaque el desarrollo y el peso de la ley. Contratos que se vuelven herramientas para el público, haciéndolos protagonistas activos de la crítica social y política, lo que es el último objetivo este trabajo”. El trío ha desarrollado una serie de instalaciones en todo el mundo, generando polémica y halagos a partes iguales, pues hay quien los considera demagogos y radicales. Ellos contestan que sí. Que son radicales porque se enfrentan a la raíz del problema. Sus anteriores montajes como Cockroach invitan a la gente a ponerse un traje de cucaracha para revisar la evolución del ser humano desde la perspectiva de uno de los seres vivos más antiguos de la historia. En Free shop, abren una tienda sin decirle a la gente que su compra será gratis para ver su reacción cuando llegue a la caja.

The corrupt show está compuesto por la firma y posterior exposición de contratos y una serie de cortometrajes –también vistos como “herramientas” de reflexión –que simbolizan el ambiente conflictivo de los suburbios europeos, la crisis financiera, la cesantía y la inmigración, la corrupción en la sociedad, la especulación y la falta de transparencia. “El arte en el que creemos es uno que puede cambiar perspectivas al presentar nuevos puntos de vista, lo que le permite a la gente seguir una dirección diferente a la que quizás habría tomado. Nuestro objetivo final es incentivar al público a desafiar el poder, pero haciendo una suerte de espejo de sí mismos. En esta muestra les proponemos, a través de los contratos, desestabilizar a la sociedad para evidenciar cómo hasta ahora quienes tienen el control y el manejo social son quienes tienen poder, los privilegiados. Y no sólo a nivel económico, sino en todo. Por eso también es plantearse cómo no ceder ante la corrupción a la hora de acceder al poder” afirma Christiansen. Para ellos el arte es una herramienta para visibilizar el poder y extraer las consecuencias de su contexto. “Más que transformar la realidad, es invitar a la gente a proponer nuevos modelos para la realidad, no sólo a criticar y cuestionar” concluye el componente de Superflex.

Nada escapa al análisis escrutador del artista. Su indignación se percibe también en sucesos de una cotidianeidad casi insultante. En noticias del fondo de armario de un diario de provincias tenemos: “El Ayuntamiento coruñés de Santa Comba tiene solo 10.000 habitantes, pero llegó a tener 43 tablaos flamencos, en una zona geográfica no muy dada a este estilo. Muy extraño. Resulta que el alcalde, José Toja Parajó, daba el visto bueno a este tipo de licencias para que ciertos pubs pudieran abrir hasta tarde. La Audiencia Provincial de A Coruña le condenó en 2012 por prevaricación”. Esta noticia provocó que el artista González Castrillo convirtiera este caso de corrupción en una obra de arte. Y como este caso otros muchos.

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El profesor italiano Nuccio Ordine escribió en La utilidad de lo inútil, un elocuente manifiesto contra la corrupción masiva. Ordine defiende un regreso intelectual a saberes como la literatura, la filosofía, el arte o la música. “La dictadura del provecho ha alcanzado un poder ilimitado”, denuncia el autor. El autor explica que las artes no producen ganancias, pero evitan la deshumanización A su juicio, hoy “la dictadura del provecho ha alcanzado un poder que está fuera de cualquier límite, no hay aspecto de la vida de todos nosotros que no esté dominado por el utilitarismo”. Con el libro, que ha sido un éxito de ventas en Italia y Francia, ha querido lanzar que si no se cambia de dirección “vamos a destruir el único instrumento que tenemos para formar a las nuevas generaciones”. Todos los autores clásicos que cita en la obra, desde los griegos de la antigüedad como Aristóteles a Shakespeare o escritores contemporáneos como Ionesco o Italo Calvino, “dan a entender que la dignidad del hombre no viene de la cantidad de dinero que posee, sino de sus virtudes”. Para Ordine, por el contrario, “lo que los gobiernos de todo el mundo deberían hacer es luchar y resolver el problema de la corrupción”. “La respuesta a la crisis es acabar con eso y no hacer pagar la crisis a la clase media y a las clases más pobres”.

El intelectual turinés postula un regreso a los saberes y disciplinas tradicionales para alcanzar un elevado nivel de excelencia moral que ayude a terminar con los corruptos. Los artistas más comprometidos en visualizar hoy la corrupción no se limitan a reflexionar y mostrar, ellos ejecutan y denuncian. Que no es poco.