Fue mi noche más hermosa. Y larga. Contemplar el manto celeste requiere siempre una gran concentración. Allí estaba, tumbado en la gran alfombra de arena de Gardaya mientras oía como Mekut, el hombre azul de Tamanrasset, afilaba una caña seca con su jaifa. Le oía, pero no podía verle entre las miles de partículas de polvo que, ingrávidas, levitaban a nuestro alrededor. Sin saberlo estaba siendo presa de un compló urdido por las fuerzas intangibles de la naturaleza. El desierto desplegaba sobre mí todo su poder estático a lo que no podía oponer ni la menor resistencia. Todo resultaría inútil, aquellas arenas me habían devorado. Dos horas panza arriba contemplando aquella bóveda mágica era dar demasiadas concesiones al contrario. Una a una veía aparecer estrellas, puntos luminosos inalcanzables como lágrimas divinas atrapadas en una telaraña gigante e invisible. Nuestros dos camellos no hacían más que desgarrar brozas y masticar con lentitud. Después se daban entre ellos suaves cabezazos retozones y eructaban. Así durante dos horas. Aquella ensoñación me había enajenado, ya no tenía voluntad propia y mis tribulaciones me llevaban a pensar cómo prolongar mi estancia en África.

Mekut se había levantado y sentía su olor a tuareg muy próximo a mí. Me había acostumbrado a su olor agrio de sándalo sudado. Cómo le conocí no importa, tampoco yo me acuerdo muy bien. Lo único que sabía era que llevábamos más de medio mes unidos como hermanos escupidos en la inmensidad del desierto.

Sólo una vez me había permitido observar su rostro. Siempre iba envuelto en sus azules telas y sus ojos me penetraban hasta el estómago como si hubiese bebido un vaso de absenta de Lyon. Su tez tenía un tono entre negruzco y marrón. Los lóbulos de su nariz, dos labios que se abrían y cerraban constantemente al respirar. Mekut el explorador, el buscavidas, el desertor. Nunca me dijo nada, pero yo sabía que era las tres cosas a la vez.

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Bautizarme allí mismo con las arenas heladas de Gardaya, cambiarme de nombre, llamarme El Que Nace, desgarrarme un brazo y regar con mi sangre el desierto podrían haber sido las liturgias adecuadas para aquella situación. Las llamas crepitaban devolviéndome a la realidad más ontológica que hubiese soñado. Mekut contemplaba inmóvil los trazos de aquellas pequeñas lenguas de fuego. Su espectro iluminado parecía el del mismo demonio. Me observaba sin mirarme, agazapado tras sus túnicas, oculto en la historia de su pueblo. Congeniábamos bien, pero yo no podía dejar de ser para él un extranjero que se valía de su territorio para lavar sus temores. Los dos comprendíamos que una palabra en la infinitud de la noche rompería instantáneamente el orden creado por el silencio; por lo que habíamos decidido no abrir la boca, cada uno interpretando su papel: Mekut el fenec, yo el iluso ilusionado. Mi actividad era la de un lagarto que buscaba las brasas para calentar su cuerpo generando con su energía las fuerzas necesarias para vivir un nuevo día. Los camellos, arrodillados, empezaban a quedarse dormidos resoplando de vez en cuando. Nuestras miradas se encontraron en un mismo punto. Quizá Mekut estuviese sonriendo tras su pañuelo índigo. A determinadas horas lo mejor era echarse un pañuelo a la cara para evitar tragar e impeler arena. En los días que llevábamos juntos había aprendido unos cuantos trucos del tuareg, no porque se hubiese molestado en enseñarme, sino porque se los veía hacer y luego imitaba de la mejor manera que podía. Mekut podía dormir sentado, ligeramente inclinado sobre la arena. Sus ojos se extinguían en una línea horizontal, sosegadamente, sin sobresaltos.

De su edad nada puedo imaginar. Sus facciones estaban tan difuminadas por el color de su piel que me era imposible hallar algún rasgo que me condujese a un número. Su estatura, entre enigmática e hiriente, llenaba de autosuficiencia el espacio. Hablaba lo justo, en un francés tan áspero como una hammada, aunque cuando estaba sólo farfullaba expresiones en una lengua desconocida para mí.

La música había dejado de sonar. El gramófono dio paso a los silbantes aullidos del viento, todavía suaves en comparación con los de la noche anterior. Todo hacía presagiar una noche tranquila y muy fría. Me daba miedo dormirme y despertar dándome cuenta de que todo había sido un sueño. Tal vez mis amigos me estuviesen esperando en Naama, pero no las tenía todas conmigo. Hacía ya cerca de un mes que me separé de ellos. Era todo tan monótono estando juntos, que no pude hacer otra cosa que huir. Esperaba que lo hubiesen comprendido con el escueto “hasta pronto” de mi nota. Sin dinero, ­–lo gasté todo en el camello y en las provisiones–, con mis dos últimos lienzos sin terminar y con la única ropa que llevaba puesta, había llegado hasta aquí, a ninguna parte, al vacío más hermoso que había contemplado jamás.

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Mekut había preparado una pequeña hoguera que ayudaba a soportar la temperatura que, lentamente, comenzaba a descender. El reinado de la luna se extendió de repente como una irrepetible bendición en la que todo se tendía rindiendo culto a sus pies. La luna, el desierto, Mekut y yo. Todo volvía a nacer. Yo mismo fui engendrado como ser solitario y concebí en silencio y maliciosamente una nueva teoría de mi propia evolución, nacida de arpa y piano. Me había descabalgado de mi todo. Ya no era gusano sino mariposa que empezaba a volar. Un gesto, sencillo como una negación, había desencadenado los frutos torrenciales de la sonrisa. Algunas estrellas se precipitaban en una estela huidiza y desaparecían como si nunca hubiesen existido. Tenía la inmensa fortuna de ver cumplido mi deseo al tiempo que observaba su viaje fugaz, sin darme cuenta de que ése era verdaderamente: ver nacer a una estrella.

                                                                       Diego Casillas   Editor Millennialsart.com