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Hablar de Walker Evans (1903–1975) son palabras mayores en la historia de la fotografía moderna. Conocido principalmente por sus fotografías del proyecto Farm Security Administration, con las que documentó durante 18 meses las comunidades rurales en el periodo de depresión americana, su fotografía se caracterizó por mostrar el mundo de forma directa, representando a los retratados de las clases más bajas con absoluta dignidad. Tanto es así que recopiló las fotografías tomadas en una granja de Alabama durante seis semanas en un libro bajo el título “Conozcamos a los hombres ilustres”, colaborando con el escritor James Rufus Agee (1909-1955), de la que nació una relación que pasará a la historia del fotoperiodismo y en extensión de la fotografía contemporánea. Como no, su obra fue expuesta en el MOMA en una exposición monográfica publicándose el libro “American Photographs”. Su libro “Many are called”, fue el recopilatorio de una serie de fotografías tomadas de un modo distinto a las que hacía con su cámara de 15 × 20. Para esta ocasión, con su Contax de 35 mm escondida bajo el abrigo, se dedicó a tomar instantáneas de los pasajeros del metro de Nueva York. Sin duda, una forma de hacer street photography que nos puede parecer revolucionaria para los años 60.

Hacer visibles a los invisibles. Eso es lo que  Elogiemos ahora a hombres famosos, obra compartida por la escritura de James Agee y la fotografía de Walker Evans, manifiesta. Agee y Evans conviven con tres familias –los Gudger, los Woods y los Ricketts–, granjeros que trabajan el algodón en el medio de la Gran Depresión en Alabama, en el verano de 1936. Los autores describen a los invisibles, a los insignificantes y a los olvidados; y reconstruyen los escenarios rurales en los que se encuentran. La obra fue un encargo periodístico y fotográfico de la revista Fortune, que pretendía publicar una serie de artículos sobre los campesinos algodoneros del sur de los Estados Unidos; pero éstos nunca verían la luz. El resultado del trabajo se publicó en 1941 en formato libro con el título Elogiemos ahora a hombres famosos. Alrededor de 500 páginas, 60 de ellas protagonizadas por las imágenes de Evans, examinan de manera minuciosa y diseccionada las duras condiciones de vida de los arrendatarios en Alabama.

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La carta apócrifa de James Rufus Agee (1)

Conocí a James Rufus Agee el 10 de septiembre de 1918. Recuerdo con agrado la primera vez que se dirigió a mí. Su padre era un hombre jovial y generoso que en los pocos ratos libres que le permitían sus tareas campesinas se dedicaba a enseñar al pequeño Jimmy la esencia de muchas cosas, con espontaneidad; un poco al margen de Laura Whitman Tyler, su devotísima esposa empeñada en pasar cualquier asunto por el tamiz de las Sagradas Escrituras. Era una de esas mañanas calurosas del St. Andrew ‘s  y el sol empezaba a iluminar los campos de cultivo que rodeaban la escuela. Algunos muchachos acompañados de sus padres se dejaban ver por el sendero que conducía a Cumberland. Había llovido durante tres días y el camino se convirtió en un barrizal, de ahí el continuo zigzag de hombres y chicos para evitar enlodarse zapatos y alpargatas. Harold Swenney, el secretario de la escuela, me comentaba sobre una serie de arreglos que había que acometer para evitar el derrumbe de un granero que nosotros utilizábamos para almacenar materiales inservibles que luego vendíamos a Harry Clemson por un dólar al mes. Mientras Clemson se afanaba en darme el nombre de peones y tarifas, yo observaba a un muchacho que bajaba por el sendero de Cumberland. Un hombre corpulento le acompañaba, aunque caminaban alejados el uno del otro. De vez en cuando, el mayor miraba hacia atrás como esperando conocer al instante la situación exacta de su acompañante. Una vez que hubieron traspasado la puerta principal se detuvieron y comenzaron a dirigir miradas a su alrededor. El hombre preguntó a un estudiante del curso superior y éste le indicó hacia donde nos encontrábamos Clemson y yo. Inmediatamente, emprendió la marcha cogiendo con firmeza de la mano al muchacho. Se presentó como Hugh James Agee, aparcero de Knosville, que traía a su hijo James para que iniciara estudios en St. Andrew ‘s, ya que su mujer había insistido en que fuera en esta escuela en donde su pequeño estudiara rodeado de todo aquello que ella tanto admiraba: devoción y cristianismo. El muchacho, siempre unos centímetros por detrás del padre, no apartaba los ojos del suelo de madera, y de vez en cuando, doblaba su morena cabeza hacia el camino que instantes antes le había conducido hasta nosotros, como si buscara melancólicamente la salida que le transportara a un mundo deseado y sólo conocido por él. A pesar de su frágil aspecto, en nada parecido al de su padre – luego pude comprobar la similitud física con su madre -, había en él una cierta solemnidad, impropia de un muchacho de nueve años. Esta apariencia le acompañaría durante toda su vida, e incluso gentes que se cruzaron en algún otro momento con él y que yo conocía, entre ellos su compañero Walker Evans, me hablaron de su presencia aristocrática, como si en el fondo de su persona algo le rebelase en contra de su pasado, de su origen campesino.

Los primeros días de estancia en la escuela no fueron fáciles. El pequeño James dispersaba su atención en todo lo que no fuera motivo de calificación académica. Durante las clases de religión, James descolgaba su mirada en los prados de labor en donde hombres y mujeres se afanaban por sacar el máximo rendimiento con sus escasos medios. Su retina comenzó a grabar los cuerpos quebrados por el trabajo y el sol de los aparceros. Recibí las quejas de algún que otro profesor que comenzaba a dudar de las capacidades del muchacho. Ante la insistencia por parte de mis compañeros decidí entrevistarme con él. Aquel niño delgaducho y moreno se presentó con la cara de quien no ha roto un plato en su vida pero mantiene su cabeza a cientos de kilómetros de allí. Anduvimos durante más de media hora por los alrededores de la escuela, aprovechando una brisa que dulcificaba la elevada temperatura del final del verano en Tenessee. Con ciertas precauciones por su parte –siempre fue desconfiado– me contó cosas de su familia, del tipo de vida que llevaban, de las penalidades que pasaban si el tiempo se salía de sus márgenes establecidos, de algún amigo que se reía de él por su aspecto enfermizo y de alguna que otra muchacha que vivía a pocos metros de su casa. Poco a poco fue entablándose una relación más fluida entre nosotros. Muchas tardes nos reuníamos para pasear y así hablar de casi todo. Era divertido observar como un muchacho discernía con tanta claridad sobre algunos temas, mientras que en otros se sumergía en el silencio o bien balbuceaba incapaz de emitir una idea con un cierto sentido. Advertí una tendencia por su parte de ensimismarse con las palabras y los objetos. A menudo repetía una palabra mientras permanecía observando fijamente al propietario de ese concepto. Transcurrido el tiempo el pequeño Jimmy se transformó en un muchacho contestatario pero sin perder el buen tono del cariño y de la bondad heredada de su padre. Me habló de lo que para él significaba Cumberland y sus gentes, de los buenos ratos que pasaba contemplando la naturaleza agradecida de Knosville y lo que le gustaba escribir –conservo algunas de sus pequeñas redacciones, cargadas de emoción y errores de expresión, seguramente producidos por ese excesivo ardor en contar las cosas y no por su edad– sobre ella y sus gentes. Fui yo el que recomendó su ingreso en la academia Exeter esperando que ese amor por la palabra le llevara a compromisos superiores. Por contra se aficionó al cine, y allí comenzó a relacionarse con personajes no demasiado recomendables como Dwight McDonald y muchos otros que le iniciaron por los terrenos más escabrosos de la creación humana. Además empezó a aficionarse por el alcohol, algo que odiaba profundamente su madre. Este peligroso hábito de bebedor se hizo definitivo en Harvard, donde un brillante y original joven iniciaba sus primeros pasos de la vida universitaria. No era fácil ingresar en Harvard. Su paso por el Exeter fue, académicamente, brillante. Su idea de rebelarse contra los límites que su condición le había impuesto le hizo trabajar duro, en una especie de afrenta personal que sólo él podía vengar con sus excelentes calificaciones. Dwight McDonald, escritor con tendencias izquierdistas, y el poeta Robert Fitzgerald atrajeron para su causa a James y le convencieron de sus posibilidades como escritor. Ocurrieron muchas cosas en el país, muchos cambios, inestabilidades por los estragos de la Depresión, Roosevelt trató de beneficiar a los que menos poseían con medidas la mayoría de las veces ineficaces. Supe de buena mano que a James le costó abandonar sus pequeñas responsabilidades universitarias y adentrarse en las complicaciones de la vida real. Aún era muy joven cuando comenzó a trabajar en Fortune. Qué tremendas paradojas nos ofrece la vida cuando un hombre como él necesita para vivir un sueldo de esa revista complaciente con un país de tantos matices y desigualdades. Pero quizá fuera gracias a ello por lo que James pudo consolidar sus ideas y separar “el grano de la paja”. Una gran alegría se apoderó de él cuando la gente del Fortune le encargó un reportaje sobre los aparceros del Sur. Su responsabilidad por hacer un gran trabajo le llevó a desconfiar de Margaret Bourke y elegir como fotógrafo a Walker Evans, un gran tipo por el que sé algunas de las vivencias que padeció James. Pero sus sospechas se confirmaron. Al respecto de si Fortune publicaría el reportaje tal como él deseaba se confirmó una renuencia total. Era demasiado para la filosofía de la revista. Alguna advertencia di al chico. Pero siguió intentándolo: tuvo que cambiar frases, extensiones, formatos…, pero cualquier intento de aproximar ese texto a las ideas del Fortune más le alejaban a él de todo lo que estimaba como decente. Hasta que al final hizo lo que debió hacer mucho tiempo antes. Cuando el manuscrito –creo que cambió el título del reportaje– pasó por las manos de unos editores de Boston, un cielo de azul intenso comenzó a abrirse para James. Cinco años después de su viaje a Alabama el libro fue publicado. ¡Qué gran alegría inundó mi corazón! He hablado con el chico a través de cartas que he ido recibiendo con un intervalo aproximado de seis meses y en todas ellas me habla de sueños que poco a poco se van realizando, pero no sé, quizá vuelva a equivocarme con él, pero me parece que su viaje al corazón de América ha dejado una huella indeleble. Ha conocido a mucha gente famosa, la mayoría –ojalá me perdone James– no muy apropiada para un muchacho de su sensibilidad y educación, pero sigue existiendo en él ese poso de desconcierto que creo que nunca le permitirá ser feliz. He ido guardando toda su correspondencia por si el día de mañana pudiera servir de algo. También la de otros muchos que han tenido que ver en algún momento en su vida. Quiero hacer constar aquí, cuando la muerte está próxima y yo la espero como una bendición, una carta  enviada por el fotógrafo y colaborador de Jimmy, el señor Walker Evans, la cual estimo de gran valor, en ningún caso documental y sí afectivo, durante su estancia en Alabama elaborando ese texto tan importante en la vida del chico. No es que me parezca gran cosa, pero me veo en el deber de mostrarla a quien pueda tener algún interés por ella. Sin nada más que decir y con la satisfacción de haber conocido a un gran tipo, concluyo contento de haberme quitado un modesto, pero incómodo peso de encima.  

                             Firmado: Reverendo James Harold Flye                                            

                                           Diego Casillas     editor Millennialsart.com      

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La carta apócrifa de James Rufus Agee (y 2)

 

Knoxville. Tenessee.     A la atención del Reverendo James Flye:

Me permito dirigirme a usted con el seguro convencimiento de que sabrá perdonarme por esta intromisión en un tema tan particular que afecta a un buen amigo suyo, el cual no ha dejado ni un sólo instante de hacerme partícipe de la sincera amistad que reina entre ambos. Como ya usted sabrá por boca de nuestro común amigo –quiero que sepa que yo también me honro por ello– nos encontramos haciendo un reportaje para la revista Fortune que versa sobre las condiciones de vida de los campesinos de Alabama. Un tema que, aun a riesgo de interpretaciones equivocadas por mi parte, ha servido como bálsamo intelectual ante las inquietudes que acometían a James. Pero la razón de mi llamada a usted no es otra que la de proporcionarme una serie de consejos, aprovechando su generosidad y clarividencia –lo sé por James, quien me habla a menudo de las virtudes que le adornan–. Sin más dilación paso a contarle las preocupaciones que me inquietan. Como dije antes, este trabajo, al cual yo supuse como una especie de bien terapéutico para nuestro amigo, no ha servido para tal fin. Sin duda, al  principio resultó de una efectividad incontestable, pero luego, cuando las demoras en los manuscritos y el continuo contacto con los moradores de estas benditas tierras de América nos obligaron a involucrarnos más allá de cualquier cometido periodístico y literario, advertí como James padecía de lo que algunos llaman “el síndrome del observador”. Me permito emplear un tono directo pero respetuoso con alguien de la experiencia y bondad de usted. Y lo hago por una serie de noticias que he ido recibiendo procedentes de mis queridos padres. En ellas se me hace saber como algunos honorables –permítame que emplee la ironía– prohombres de Boston empiezan a considerar a James como a un “agitador no remunerado”. En sí, carecería de importancia si no fuera porque se comienza a crear un clima de opinión perverso en contra de nuestro amigo, llegando incluso a relacionarlo con personas afines a determinados movimientos políticos. Además, creo saber de donde surgen las filtraciones que han permitido el conocimiento de las primeras partes de nuestro manuscrito, pero me permitirá mantenerlas ocultas hasta que no tenga la certeza exacta de su procedencia. A James, con el que he comentado todas estas cuestiones parece no importarle demasiado. Él se siente absorbido por su realidad mas inmediata, la de estas gentes. James interpreta a rajatabla aquello de que sólo es arte verdadero el que es capaz de cambiar nuestra vida. Pero con el debido respeto para aquél al que considero un gran amigo, eso es insostenible. Creo percibir en James como todos sus puntos de referencia han comenzado a tambalearse y a poner en duda hasta los más pequeños detalles que su educación católica le ha enseñado. Una vez más insisto en pedir su perdón si en lo más mínimo se siente ofendido por mis palabras, por cierto, palabras que podrían representar nada más que mi error de apreciación, fundado en un firme deseo de contribuir a la paz de espíritu de su discípulo, al que tan buenas enseñanzas usted ha proporcionado. A veces pienso que él no está aquí para escribir un libro sino más bien para utilizar esas palabras como pretexto, como soporte de una realidad que sin ellas la nación quedaría sin conocer. Parece estar obsesionado con que su escritura no sea susceptible de ser mezclada entre las hojas impresas de un periódico. Hace unos días me comentó que las palabras tienen una filosofía, que es la que su destinatario quiera dar; si se mezclan en el alboroto espectacular del uso periodístico, ellas acabarán por desvirtuarse en contacto con las otras, sin más sentido que el de una rutina que deberá cumplimentar un espacio y un horario. Incluso llegó –James me habló de su generosidad, reverendo, y ahora entiendo el origen de ella en mi amigo– a afirmar que el verdadero espíritu del libro sólo era posible captar a través de mis fotografías, las únicas capaces de penetrar en la existencia de todos estos hombres que tanto respeta y admira James. Considera que tan sólo a través de la fotografía es posible mostrar a la nación una verdad, evitando así la desconfianza que puede producir un texto que ellos no están en condiciones de discernir si es verdadero o falso. Esto significa un excesivo gasto energético para James, que se empeña en conferir un valor material imposible a sus palabras. A veces sucede que se sumerge en estados casi letárgicos de abandono y se pasa las horas describiendo en su cuaderno las cosas más triviales, desde la marca que deja un resto de comida en un plato o el pliegue infantil del vuelo de una falda, y otras se apodera de él un vitalismo capaz de vampirizar con su emoción cualquier cosa. Y temo por él y por las gentes que conviven a su alrededor, pero me tranquiliza el saber que las enseñanzas impartidas por usted no han caído en saco roto. Confío en que el profundo sentido religioso de la vida de nuestro amigo sea capaz de equilibrar sus frecuentes arrebatos emocionales que tanto dolor son capaces de producir. Sin duda usted conoce la forma de expresarse de James al referirse a la institución eclesial y las gentes que la componen, exceptuando, claro está, a su amado reverendo Flye. Detesta toda esa mojigatería e intolerancia, a la que culpa de la actual situación de todas estas gentes que se abandonan a su suerte, con una resignación casi mítica que él no acaba por comprender. Comprende, padre, lo que quiero decir. Temo que en algún momento de desquiciamiento pueda hacer o decir algo de lo que luego pueda arrepentirse. Y es que entre los campesinos existen personas que no comprenden muchas de las ideas que transmite James, y aunque es reservado y procura darse a conocer lo menos posible a través de sus palabras, sí lo hace mediante sus gestos, su forma de mirar, su relación más intensa con unos que con otros, la forma que tiene de dirigirse con los arrendatarios y con los hombres que ejercen una implícita autoridad que en nada convence a James. Y a veces se siente obsceno por no compartir, por sentirse intruso en un lugar al que no querría pertenecer por nada del mundo pero que curiosamente somete a nuestro querido amigo a una excesiva atracción. Con mi modestia traté de hacerle comprender que cualquier postura maximizadora le haría caer en un peligroso maniqueísmo. Pero él se negó a escucharme y continuó hablando de las cosas que haría al día siguiente. “Sólo a través de la dignidad de las palabras se puede alcanzar una verdad digna” me dijo al abandonar nuestro pequeño habitáculo.

Reverendo Flye, con todo el respeto que las palabras de James sobre usted me inspiran, quiero contarle un hecho, que fuera de cualquier contexto inapropiado, por supuesto, me sugiere que James padece una crisis emocional que sería conveniente identificar –cuento con su ayuda impagable, padre– para atajar de raíz y así evitar males mayores. Llevo observando como James permanece durante largo tiempo observando a diferentes miembros de la comunidad. El otro día, sin ir más lejos, descubrí a James acurrucado tras la ventana de la pequeña Louise, apenas once años, observando atentamente los movimientos de la muchacha. A pesar de que luego se sintió invadido por la culpa, por haberla mirado, por haber invadido una dignidad llena de belleza y recogimiento, yo le pregunto: ¿Era necesario esa curiosidad, llamémosla intelectual, casi antropológica del señor Agee? ¿Qué ocurriría si los Gudger, los Woods, los Ricketts se apercibieran de semejantes comportamientos tan inusuales entre estas gentes? No sé, prefiero no pensarlo. Me asusta pensar en la influencia que sobre él está causando la permanencia prolongada en estos pueblos del corazón de nuestra amada América.

Usted conoce el espíritu altruista que caracteriza su modo de comportarse. Esa piedad que usted ha sabido enseñarle, creo, con los debidos respetos, están causando algún que otro estrago en su estabilidad emocional. Sus estados ciclotímicos, a veces, le conducen hacia reacciones coléricas, que han llegado a enfrentarle con los miembros de mayor ascendente en la comunidad. Me da miedo de que comience a sentirse como un revolucionario, alguien dispuesto a subvertir el orden más o menos lógico de las cosas, a pesar de que nunca sintió predilección por la figura histórica del líder de multitudes ávido de poder y reconocimiento. Todo esto es algo que engrandece a James, pero que le obliga día tras día a realizar esfuerzos infinitos por no defraudar a todas esas familias que ven en él a alguien que quizá pueda ayudarles. Sin saberlo se está convirtiendo en un personaje y, lo que es peor, está convirtiendo en personajes a las personas, cayendo así en el riesgo de cualquier tratamiento periodístico; pero perdón, reverendo, eso es algo que carece de interés para usted.

Creo honestamente que mi trabajo ya ha sido realizado, mis fotografías han pretendido ser un apoyo a la escritura de James, pero me siento cansado e incapaz de seguir haciendo fotos; supondrían intranscendentes variaciones sobre un mismo tema. No puedo extraer de esas personas más de lo que ya he conseguido. Y algo parecido le sucede a Agee, aunque él no se da cuenta y persiste en su empeño de alcanzar la escritura total; vano intento, otros muchos lo intentaron y no lo consiguieron. Considera nuestro amigo que a través de las lecturas de determinados autores se puede alcanzar una eficacia narrativa procedente de la mimesis técnica; ni Joyce, Malraux o Celine le van a proporcionar algo distinto de lo que sabe. El resto son variaciones, juegos novedosos que acaban volviendo a su cauce. Todo este amor copioso, generoso, le impide mostrarse con naturalidad a la hora de plasmarlo en un papel –perdone reverendo si me atrevo a calificar la obra de su amigo pero para mí es base esencial para establecer mis conclusiones y así afrontar la realidad y las posibles soluciones pertinentes– perjudicando notablemente la calidad de su trabajo. Creo que su colaboración para salvaguardar a nuestro admirado amigo de esa especie de secuestro que padece, de ese síndrome que le lleva a confundir demasiadas cosas, a desubicarse, es peligroso para un escritor.

Finalizo mi llamada desesperada a usted y ruego que me envíe sus conclusiones a la dirección que le adjuntaré a continuación. Cuento con la profunda estima que compartimos en Jimmy y en su sabia asistencia para solucionar estos problemas que enturbian un horizonte hasta hace poco despejado y halagüeño. Sin otro particular, más volviendo a hacer extensivo mi respeto y gratitud, le emplazó si usted lo considera oportuno, a nueva correspondencia entre ambos.

                                Eternamente agradecido: Fdo. Walker Evans

                                                       Diego Casillas     editor Millennialsart.com