El maestro ha pasado una mala noche. Aún así, en él las señales de su desvelo no se aprecian a simple vista; es necesario conocer con profundidad a este impulsivo personaje para percibir un grado de incomodidad ante alguna circunstancia que, de momento, permanece oculta en su inteligencia. Nada más levantarse encargó que le subieran a la habitación un tradicional desayuno americano. “Lo mejor de las concentraciones” solía afirmar ante sus analistas. Éstos, grandes expertos en estrategia, doctorados por las más prestigiosas academias de ajedrez del mundo, le aconsejan que modifique sus hábitos alimenticios, ya que su cerebro no asimila bien las grasas a su edad.

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Él suele obedecer con una sumisión que no es tal, ya que pospone sus actos de rebeldía hasta el momento en que desaparecen de su vista Antoine, Patrick y Theeny.  Por ello no es extraño observar al maestro pasearse solo por las proximidades de las cocinas de los hoteles husmeando cual gato entre desperdicios. A partir de aquí el ex todo ya está psicológicamente preparado para dedicarse por entero a la competición, que según algunos críticos será la más incierta y emocionante de los últimos decenios.

A pesar de las evidentes particularidades del certamen, el maestro francés nunca pudo presagiar que ocurrirían una serie de hechos a los que aún no había sido capaz de otorgar una explicación racional; no obstante, su rebeldía habitual no desdeñaba la estricta planificación a la que le tenían sometido su equipo de colaboradores.

Su talento le servía para convertir en parodia un problema. Pretendía con ello no conceder más importancia de la debida a algo que quizá no pasara de ser una casualidad. Estuvo tentado de hacer partícipe de los acontecimientos a Theeny, el único de sus analistas por el que sentía cierto cariño, más por afinidad intelectual e ideológica que por razones sentimentales. Finalmente desistió porque le desagradaba la sonrisa cínica  de Theeny y que éste intensificara aún más las medidas de seguridad en torno a su persona. Decidió permanecer en silencio, pero con todos sus privilegiados mecanismos de percepción en alerta, dispuesto a actuar ante la mínima sospecha.

Durante un par de días olvidó sus tribulaciones gracias al continuo ir y venir de los periodistas, que superaban los doscientos. Además, la sala principal del Ryerson Theatre rebosaba de expectación; se habían vendido todas sus localidades, alguna de las cuales se habían adquirido por 500 dólares.

Pero una vez finalizados todos los trámites, el maestro se recluyó de nuevo en su habitación, en compañía de sus tres colaboradores para dedicar más de seis horas diarias al entrenamiento. Esto en sí nada tendría de particular a no ser que los extraños fenómenos anteriormente mencionados continuaban produciéndose. Hoy como ayer, unos extraños ruidos han impedido a todo el equipo proceder con el habitual diseño estratégico defensivo. Por más que Denis trató de localizar la procedencia y, después de implicar, sin éxito, a toda la recepción del hotel, se llegó a la conclusión de que lo mejor sería un cambio de habitaciones.

Los resultados no han sido mejores. Ahora, en la nueva ubicación, el que no está dispuesto a facilitar las cosas es el hilo musical que no responde a las compulsivas manipulaciones de Patrick, desesperado y al borde del ataque epiléptico. Se recurrió a los servicios de mantenimiento del hotel, pero por mucho que éstos intentan subsanar la anomalía, ésta se manifiesta de las más variadas formas. La disfunción tecnológica se extiende al teléfono que, en plena desobediencia lógica, castiga los tímpanos del maestro. Todos los electrodomésticos, en plena sinfonía de murmullos magnéticos, se apoderan del espacio acústico de la habitación. Y todo esto a un par de días del inicio del duelo.

A pesar de todo, el maestro se impregna del clima de opinión favorable que se ha creado en torno suyo. Cualquier ser humano desea su triunfo. Jamás había sido tan unánime una preferencia en el mundo de la alta competición, incluso desde las filas de sus más encarnizados adversarios.

El día ha llegado. El ambiente que se respira en la sala principal del Ryerson Theatre de Toronto es fantástico. Un hervidero de gentes alrededor del campo de batalla aguarda la presencia del ídolo y de su oponente. Al cabo de diez minutos el preferido de la humanidad aparece entre unos cortinajes rojizos manchados por mensajes publicitarios, acompañado del juez árbitro, el señor Alfons Struelens, de cuarenta y nueve años, con una gran experiencia internacional.

Un murmullo de inquietud se eleva progresivamente y todas las miradas se posan en el maestro. El público ya se dio cuenta de las evidentes señales de cansancio que afean su rostro, habitualmente distendido: ojeroso, con la conjuntiva extraviada en pequeños surcos sanguíneos, el rostro más afilado que de costumbre, dejando escapar algún bostezo o similar que llena de extrañeza a sus fieles seguidores. Parece otro hombre, un luchador vencido de antemano que camina hacia su propio desastre.

Se sienta y contempla a su oponente, el cual había pasado desapercibido a ojos de la mayoría. Se trata de John Cage, un tipo callado que trabaja como programador y músico de vanguardia a tiempo compartido. Ambos sentados frente a frente, dominando un hermoso tablero de ajedrez electrónico diseñado especialmente para la ocasión por la firma estadounidense Lowell Cross Inc. Detrás de ellos la computadora Daynabook, creada por el ingeniero de sistemas Alan Kay y con el objetivo principal de acercar a los niños a la tecnología, aunque su tamaño (más de dos metros de alto y uno y medio de ancho) interfiere con ese benemérito propósito. Muy próxima a ambos se entrevé la elegante silueta de una botella de Chateaux Kirwan que intima con dos copas que esperan, en algún momento de la noche, ser contenedor privilegiado del vino elegido para la ocasión por míster Cross, de Lowell Cross Inc.

Todo está a punto para que la partida se inicie. Los últimos flashes fotográficos quieren recoger el momento en que la esperanza del género humano mueva blancas. Ya lo hizo, y en ese momento, todos los teléfonos de las centralitas del mundo dejaron de escucharse, al menos durante 4 minutos con 33 segundos.