Se nos rompió el arte de tanto usarlo

Existen muchas formas de banalizar el arte. La que nos ocupa en este texto es la que procede de la utilización masiva del arte como objeto del consumo de masas, las rancias reproducciones de obras artísticas hasta la saciedad, llegando al empacho y a empequeñecer sus virtudes artísticas y culturales y a la interpretación de las mismas sin límite alguno en el nombre de una aparente democratización que deja muchas incógnitas por resolver. El mercado, el oportunismo cultural y la santurronería interesada de algunos generadores de opinión confluyen en el descrédito, merecido o no, de algunas producciones artísticas que han pasado de la excelencia al mayor desprestigio, y quizá posteriormente, las más afortunadas, se han vuelto a revalorizar si las propias élites reivindican su valor y trascendencia cultural. Pero haciéndonos eco de la pregunta que se hace el escritor Andrés Trapiello sobre si es posible que la obra de arte pueda idiotizarse, podemos llegar a alguna conclusión, a pesar de que  hoy por hoy nadie está en condiciones de concretar ni de responder de una manera adecuada: ¿La idiotez de algunos puede idiotizar la obra? Tal vez el ejemplo arquetípico de síndrome por saturación lo obtengamos en la figura de Mozart en música o de las omnipresentes Inmaculadas de Murillo en miles y miles de rancias reproducciones que proliferaron por doquier e incluso fueron utilizadas como reclamo de productos alimenticios en sus envases o carteles publicitarios. ¿El manoseo indiscriminado de una pieza musical como una sonata de Beethoven puede conducir a su aborrecimiento. ¿Una campaña publicitaria puede conducir a odiar una pintura de Vermeer? ¿Podemos acabar odiando a Haendel por culpa de la Champions League? ¿El adagio de cuerdas de Barber por su mala utilización en múltiples minutos de silencio retransmitidos televisivamente? ¿A Warhol por encontrárnoslo hasta en la sopa?

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El magnífico Trapiello afirmaba que a él no le preocupaba tener que compartir con millones de personas a las que de una forma oportunista y consumista se les recordaba que tal artista o tal otro existieron. Porque la relación que se establece con tal o cual obra es tan personal e íntima que poco o nada tienen que ver los demás en nuestro acuerdo o desacuerdo con ella. Ni las técnicas de reproducción, ni la banalidad de las modas, ni la homogeneización capitalista, ni la razón instrumental han podido ni podrán nunca desgastarlas. Son indestructibles. Con tanta rotundidad se expresaba Trapiello en un artículo aparecido en el diario El País. Pero parece que la realidad no se compadece exactamente con este aserto. Parece existir algo que nos aleja de una preferencia artística determinada si esa obra es compartida o sobreexpuesta en ámbitos que parecen alejarse del exclusivo mundo de los iniciados. El gran director alemán de orquesta Wilhelm Furtwaengler afirmaba que el aspirante a intelectual de grado medio se mostraba muy tranquilo consigo mismo si escuchaba determinadas obras o leía algunos libros que habían sido visados y aceptados por la comunidad intelectual ¿Era Mozart mejor cuando sólo podían escucharlo unos pocos privilegiados? Parecería ridículo negarse a escuchar La flauta Mágica por el hecho de que hoy pueda hacerlo cualquiera. Se pregunta y se responde Trapiello cuestionando una especie de señoritismo muy típico de la modernidad en el que la experiencia de compartir los gustos con millones de desconocidos nos hace menos interesantes y exclusivos.

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Estoy totalmente de acuerdo con él y con la idea de que la mayoría hoy la constituimos casi todos y que la minoría son los clásicos. El problema es cuando esa obra de arte se convierte en mercancía (ojo, no confundir ni con arte kitsch, ni con la benemérita democratización de la cultura, ni con la pendular reafirmación de las producciones artistas por élites intelectuales, véase caso Brahms o Tchaikovsky por los integrantes de la segunda escuela de Viena, o por poner un ejemplo pictórico en las obras de Renoir o Antonio López, ni con las extenuantes reinterpretaciones, relecturas, versiones, y demás alumbramientos a obras de arte que parecen ser expuestas al escarnio público de las “revisitaciones”.

Nadie tiene derecho a decirle al mercado que se aleje de nuestros ídolos que nos encantaría que fueran de uso y disfrute exclusivamente personal. Una caja de bombones en el que el retrato de un juvenil Mozart nos tienta a descubrir su azucarado contenido o el calendario de la Caja de Ahorros de turno en el que una de las Inmaculadas de Murillo es testigo de nuestro devenir temporal, no tiene que contribuir a desmerecer la obra que representa. Pero ¿por qué ocurre esto? A ningún crítico ni musicólogo se le ocurriría elegir y recomendar la bagatela beethoveniana Para Elisa en interpretación de Richard Clayderman en detrimento de una del maestro Kempff de esta obra. Normal, porque seguramente y a pesar de que Richard fuera un buen pianista, la excelencia interpretativa de Wilhelm Kempff sea incomparable. Pero de ahí a la desvalorización de la obra en sí hay un largo trecho. Y a veces, por extensión, puede llegar a intoxicar la imagen global de la producción de un artista, aunque en este caso la potencia planetaria del maestro de Bonn queda fuera de peligro.

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Tal vez tengamos que recurrir a los conceptos tradicionales y hoy desprestigiados de buen o mal gusto, un concepto nada científico a pesar de los numerosos tratados académicos que han proliferado sobre el particular durante todas las épocas. La campaña que realizó una famosa marca de gafas de sol basándose en Andy Warhol nada tiene que ver con una marca de vinos españoles que utilizó la reproducción del Cristo de Velázquez para el etiquetado de sus caldos (no hay nada de elitismo en esta afirmación, basta con observar un par de segundos y tratar de asociar la imagen del Cristo con las gafas de sol y las de Warhol con la de los embutidos).  Por ello podemos colegir que hay art brand hermoso y art brand cuestionable, como todo en la vida.

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La complejidad de lo kitsch, ese repensar del posmodernismo de los objetos y el arte (para muchos el afortunado Warhol fue el más eximio representante de ese tipo de arte, quien tuvo la fortuna de obtener el reconocimiento del mercado y de algunas élites intelectuales por hacer lo mismo que otros mucho antes), esa mirada irónica y vanidosa, plagada de connotaciones, guiños, parodia y sátira, referentes descontextualizados, y mucho “yatusabismo”, como acuñó con éxito el arquitecto Hernández Correa en su interesantísimo blog, está fuera de este tipo de banalización del arte por abrasión, mucho más inocente y casual, bienintencionado y en muchos aspectos naif.

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Si analizamos el imaginario artístico actual, comprenderemos cómo los objetos y las imágenes, o dicho de otro modo: “la imagen como objeto” se ha convertido en pura necesidad de consumo. De ahí que esa necesidad haya de estar bien gestionada. La imagen llega a tener tal autonomía, que prima por encima del mundo tangible. El filósofo Gianni Vattimo escribe sobre la erosión del principio de realidad, y expresa literalmente: “Por medio de un perverso tipo de lógica interna, el mundo de los objetos medido y manipulado por la tecnociencia (el mundo de lo real según la metafísica) ha llegado a convertirse en el mundo de las mercancías y de las imágenes, la fantasmagoría de los medios de comunicación” De este modo, las obras de arte están hechas para la actividad diaria de los consumidores, sólo prevalecen por un instante, el de su consumo, hasta el punto de que las barreras entre el artista productor y el consumidor o cliente han desaparecido debido al mercado. Este los une y los nivela a la vez. Por lo tanto, el artista pasa a ser también público consumidor, y el público, artista del consumo. María Antonia Blanco, de la Facultad de Bellas artes de Sevilla, afirma en su ensayo El consumo del arte en la economía de mercado, que desde finales del siglo XIX el diseño se apropió de las imágenes generándose un impetuoso arte publicitario”. Una serie de artistas como Leonardo, Picasso, Mondrian, Miró, Dalí, Chirico, Frida Khalo o Magritte, han sido aprovechados por la industria del diseño y de la publicidad, iniciándose con ello una historia de dialogismos bastante problemáticos que perduran hasta nuestros días. Pongamos como ejemplo el caso de Frida Khalo, pues en los últimos años su obra y su imagen se han puesto de moda. Quizás sea la mujer artista de la que más se ha lucrado en la actualidad el marketing de las industrias culturales

Por lo tanto, según el filósofo Jean Baudrillard, los objetos son el lugar, no de la satisfacción de necesidades, sino de un trabajo simbólico, de una producción en un doble sentido del término: se los fabrica, pero se producen también como prueba, es decir, estamos ante el principio de lo kitsch como relación con el ambiente. El consumidor pretende embeberse de los signos que transmite el objeto y ubicarse en un lugar que difícilmente alcanzará en la escala social. Esto genera constantes cambios en lo que se considera objeto de lujo o de status. Lo que en un período se podía considerar lujoso en otra época puede simbolizar algo vulgar. Esta es una de las posibles explicaciones por el que determinadas obras de arte son escogidas para compartir suerte en los mercados con las mercancías a las que se les asocia. Un grupo privilegiado funciona como el lugar de aspiración para las clases sociales posicionados en escalones inferiores. El diseño no es nunca un componente inocente y sí fundamental para generar carácter y personalidad pasando a ser parte de quien lo consume. Todas las clases sociales aspiran a integrar, aunque solo sea de forma virtual, la clase superior y diferenciarse de sus iguales. Este ascenso es imposible por falaz, pero constituye una de las pocas experiencias gratificantes que obtiene la persona que pretende alcanzar esa movilidad social irreal a través de conceptos intelectuales como el gusto, el estilo, las aficiones o algunos objetos propios de las clases más altas, es decir, de las vivencias. Estudios nos confirman que por este motivo el diseño tiene un rol protagonista y penetra fuertemente en las clases medias de las sociedades donde opera más efectivamente que en las clases altas que no lo necesitan y las muy bajas que tienen otras preocupaciones como la de la supervivencia. Los objetos dejaron de portar signos a ser signos en sí mismos, como sostiene Baudrillard.

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Pero estas obras desprestigiadas por su uso indiscriminado no se convierten por defecto en arte kitsch, aunque por su aparente mal gusto en la nueva contextualización de su función sí puede hacerlo. Lo kitsch denomina a objetos caracterizados por supuesta inautenticidad estética y su formalismo efectista, que persigue una gran aceptación comercial. Pero en esta definición se esconde un moralismo enjuiciador que antepone a lo que consideramos arte con mayúsculas, el sello de garantía del arte superior. El artista kitsch se impone crear no un trabajo “agradable”, dado que lo que más importa es el efecto. Pero tras ello hay una apuesta intelectual planificada, mientras que en los objetos artísticos desvirtualizados por el mal uso se produce una caída valorativa en su percepción de la opinión pública progresiva y de forma natural, influida por una élite que comienza a cuestionar la obra o bien por el propio consumidor de arte que no quiere converger en los gustos de una mayoría a la que considera de menor prestigio y calidad intelectual.

Pero ojo, todo se encuentra sujeto a procesos de revalorización del estilo, la constatación de que la teoría del pendulazo funciona perfectamente bien en el mundo del arte. Se reivindican constantemente movimientos y escuelas que parecían caducos y alejados de las tendencias imperantes. La sobreexposición de la obra artística tiende a convertirla en algo barato, sentimentaloide y hortera, de uso masivo para no iniciados en los arcanos de lo que es arte superior o con mayúsculas. Pero resulta imposible que una sonata de Beethoven, un autorretrato de Kahlo, una pintura de Vermeer, el concierto de Aranjuez, la obertura de la ópera Carmen, por citar algunos ejemplos se conviertan en basura, en chucherías para indocumentados. Imaginemos: un Rembrandt auténtico, colgado en el hall de la mansión Trump, seguirá siendo un Rembrandt a pesar de su evidente inadecuación estética. Es hortera el poseedor del cuadro pero no el cuadro en sí.

Alexis de Tocqueville afirmó que la democracia conduce irreversiblemente a un descenso en los estándares de creación y consumo. En las democracias, según Tocqueville, la gente no cree que los placeres de la mente constituyan el encanto principal de sus vidas, pero se consideran recreos necesarios y transitorios entre las serias labores cotidianas. Mientras que lo kitsch es una imitación, falsificación y todo aquello que llamamos autoengaño; el objeto artístico desprestigiado por el uso masivo es sincero, benigno y justo. La voluntad del beneficio mutuo parece prevalecer, aunque como sabemos hay amores que matan, y las modistillas rusas que se conmovían con los ballets de Tchaykovsky provocaron el suicidio de sus obras durante un largo periodo de tiempo, al igual que esa marcha militar palmoteada cada primero de enero en Viena la condujo hacia una deserción masiva de fieles. En ambos casos modestas modistillas y aristócratas centroeuropeos contribuyeron al mismo final, a una estética de la decepción, progresiva e imparable de la obra de arte. En ningún momento estas obras dejan de tomarse en serio a pesar de la modestia que supone juntar un embutido con una pintura sacra, pero carece de pretenciosidad como lo kitsch que se está contemplando constantemente en la jabonera de su propio ego. Eso es lo que las hace divertidas, mucho más que las otras obras kitsch, que esconden, entre otras cosas, grandilocuencia e insinceridad; todos se toman muy en serio a pesar de que intentan disimularlo: el artista, el crítico, la vanguardia que lo promueve (Warhol, Koons, el realismo stalinista, una Venus helena reducida a tamaño Click de Famobil…).

Quizá nadie mejor que el semiólogo Umberto Eco haya definido el mal gusto en arte. Para él es una  “prefabricación e imposición del efecto” y el cuadro de Vermeer en el bote de leche condensada no prefabrica absolutamente nada, ni siquiera su exclusión en la categoría de arte, sólo lo desplaza debido a la ironía transformada en parodia a la que conduce, nos resulta divertido, lo que Adorno ha denominado como “parodia de conciencia estética o una parodia de catarsis”

Personalmente me enternece contemplar un mantecado navideño comercializado con el nombre “Santo Cristo amarrado a la Columna”, regalar una caja de bombones Amadeus, escuchar el Lago de los Cisnes paseando por el Retiro, el pastillero del museo británico, con la obra del pintor barroco Sassoferrato, y lo prefiero al empalago y el rubor que me producen determinadas obras (pinturas, esculturas, canciones) que llevan el calificativo de kitsch y ya son consideradas como integrantes del arte con mayúsculas, el primer paso a la colonización de ésta por la horterada surgida de la rapacidad de los modos de consumo cultural actual. Consumir es devorar. Necesitamos objetos a mansalva, llenos de nada, por eso el arte es una anomalía en una sociedad de la abundancia y por  eso se inventamos el kitsch, para poder devorar el arte en todas sus formas, como baratijas de fácil digestión. Y es que el Concierto de Aranjuez es el Concierto de Aranjuez, lo diga Agamenón o su porquero.