Su retrospectiva en el museo Guggenheim de Nueva York ha servido para reencontrarnos con esta excepcional artista, original y singular en su concepción vital y artística, creando su propio estilo de trabajo, usando mayormente el acrílico. Su trabajo evolucionó desde el expresionismo abstracto a un estilo más personal y característico, una especie de arte puro y en parte minimalista. Incluso relevantes firmas de moda la utilizan como fuente inspirativa.

Pertenece al grupo de artistas que fueron diagnosticados en su juventud de esquizofrenia paranoide y hospitalizados en numerosas ocasiones, lo que condicionó su obra de forma inequívoca. Nacida en Canadá en 1912, de procedencia escocesa se trasladó a Estados Unidos en 1931 donde inició su carrera artística. Estudio arte en Nuevo Méjico, Nueva York y Oregón.

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Su obra se ha expuesto en las principales galerías de arte de Estados Unidos y el Reino Unido, así como en los centros de exposición de arte contemporáneo más importantes del mundo. Su geometría espiritual roza la metafísica de los cuadros de Rothko, con quien su contacto haya perjudicado un poco ante la presencia permanente del maestro. Hipercrítica consigo misma, destruyó más obras de las que conservó. Cuadrículas, rayas círculos, triángulos fueron los motivos de sus cuadros. Consiguió emocionar con sus geometrías, de clara influencia de las estilizadas pinturas de los indios autóctonos. Sus pinturas transmiten inocencia, alegría, belleza, paz, concordia intelectual y emocional a partes iguales, aunque ella se mantuvo siempre alejada del intelectualismo en una constante búsqueda de la espiritualidad.

Gran conocedora  del budismo y también del cristianismo, practicó la filosofía Zen, y buscó la soledad retirándose a Nuevo Méjico en 1967, por entonces, este estado atraía a muchos artistas urbanos, como Georgia O’Keeffe, y para Martin aquel contacto le reafirmó en su idea de dedicarse a la pintura.Vivió en pareja con las artistas Leonor Taeney y la escultora griega Chryssa. A pesar de eso nunca reconoció su homosexualidad y mucho menos participar en el pensamiento feminista que en aquella época comenzaba a hacerse muy visible. En 1997 la revista Saturday Night la llamó “la artista consagrada más desconocida de Canadá”

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El negro, el blanco y el marrón fueron sus colores preferidos, aunque introdujo tonos pastel y grises para efectuar distintos esfumados y efectos de luz. Posteriormente comenzó a trabajar con grafito, acuarela y aguadas de tinta y acrílico. Acabó convirtiéndose en una autora popular y reconocida por las instituciones y la crítica especializada, ganando incluso en 1998 la Medalla Nacional de las Artes del Congreso de Estados Unidos. Agnes murió a los 92 años de edad, en «plaza de retiro», un lugar para artistas retirados en Taos, donde vivía desde 1991.

Su ascetismo y mística espartana la condujo a un aislamiento en la que la compañía de sus mascotas, los poemas de Gertrude Stein y las películas de Kurosawa, se constituían como las mejores compañías de las que disfrutaba.  En la década de los 50 se sumerge en la abstracción con clara influencia de las obras de  Joan Miró y Paul Klee. Cumplidos los 45 años, Martin regresa otra vez a Nueva York y se integró en el grupo de Rauschenberg, Robert Indiana, Cy Twombly, que vivían en los edificios Coenties Slip, unos almacenes ocupados por bohemios y artistas. “Hablábamos de Picasso, que era un buen pintor porque trabajaba sin descanso, aunque también tenía algunas ideas muy tontas. Y me gustaba Andy Warhol, pero sus amigos me daban miedo”, afirmaba con desparpajo en una entrevista concedida a New Yorker.

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En los años 60, Agnes Martin se encuentra con su estilo más característico: el cuadrado de rejilla, que cambió luego a simples líneas, rayas de diferente anchura, adoptando para sus cuadros un formato estandarizado: lienzos cuadrados de 1.81. “Pinto de espaldas al mundo”, llegó a decir con su imperturbabilidad característica, quizá avisando ya de una crisis psiquiátrica que la hizo abandonar sus pinceles durante ocho años. “Llegué a un punto en que reconocí que tenía que resolver mi confusión”. La esquizofrenia y las alucinaciones reaparecían periódicamente. Ante cada crisis, sus temáticas cambiaban y la paleta de colores se modificaba, los blancos y los marrones daban paso a los tonos pasteles, y éstos a su vez, vuelta a la espiritualidad de los grises.

Los años 80 fueron los de su consolidación artística, su fama aumentó y sus obras empezaron a cotizarse. Los coleccionistas y museos competían por adquirirlas. En la última etapa redujo el tamaño de sus telas, tal vez  porque su físico ya menguado le imposibilitaba acometer los antiguos lienzos. Estuvo pintando hasta el final de sus días y su obsesión por deshacerse de sus obras se mantuvo intacta. El valor del arte, desde su punto de vista, residía en la capacidad para contrarrestar pensamientos negativos, y alcanzar la paz psíquica y la estabilidad emocional, en una palabra: serenidad. Y a veces esa serenidad es inaprensible y no queda bien reflejada en los catálogos y reproducciones de su obra.

“Yo no creo en el intelecto. No tengo ideas, hago lo que me dicta la inspiración, y no interfiero con ella”, afirmaba en una entrevista en 1997. Su vida fue una constante búsqueda e indagación sobre la esencia de la vida; la belleza, la felicidad y lo sublime.

Agnes Martin fue una luchadora que supo vencer su condición de enferma mental, mujer y lesbiana en un mundo controlado por hombres.